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Matices – Por Juan Carlos Acosta

   

Estos días se cumplen 20 años del final de lo que se ha dado en llamar el Genocidio de Ruanda, un acontecimiento sin precedentes en la historia moderna del continente, solo comparable en la Europa contemporánea con los campos de concentración nazis o la segunda Guerra de los Balcanes. Ríos de tinta han corrido desde entonces, hasta el punto que, cada vez que se nombra esta pequeña nación, su evocación parece tener un solo plano: la barbarie. No ocurre lo mismo sin embargo cuando se habla de Alemania, Serbia, Bosnia o Croacia, pues ya no nos salta automáticamente a la cara el animalario de las barbaridades que se perpetraron en nombre de cualquier entelequia, aunque fueran sincrónicas algunas de ellas a las matanzas entre los hutu y los tutsis y estás últimas hayan reportado mucho menor coste de vidas humanas. Lo cierto es que hemos ido asimilando el devenir de un nuevo espacio histórico europeo y relacionamos ahora los nombres de estos países con la evolución de sus gentes y con el perdón y la paz que disfrutan. A mí personalmente me llama la atención esta disparidad de tratamiento de hechos tan semejantes, algo que solo puedo relacionar con ese eurocentrismo recalcitrante que nos recluye dentro de nuestras murallas, tanto físicas como mentales.

Si no, cómo se explica que mientras hoy en día Alemania se ha encaramado por enésima vez a la cima de Europa, igual que a principios del siglo XX, y los balcánicos han restañado sus heridas, poco nos importe saber si Ruanda ha levantado su cabeza, si sus ciudadanos conviven en armonía o si representan algo positivo en el contexto de la nueva África. Claro que ya he apuntado otras veces que desgraciadamente en nuestros medios de comunicación proliferan los clichés obsesivos que relegan el hecho africano a las páginas de Sucesos casi de forma exclusiva, una impronta informativa en la que lo que prima insistentemente son las guerras, las hambrunas, el terrorismo, el narcotráfico y el resto de tragedias de un continente enorme, conformado por el doble de estados y de habitantes de los de esta Europa rampante. Nada, o muy poco, parece significar que ese país negro goce hoy en día de una estabilidad política y económica ejemplar o que su Parlamento esté representado en un 60% por mujeres, como tampoco la verdadera historia de un conflicto avivado por la colonización abominable de Bélgica y por los intereses de Francia y EE.UU., que abandonaron el lugar del crimen a puntillas. En última instancia, que la mayor parte de las naciones africanas registren sistemas progresivos no es relevante porque una buena noticia no vende. Pero para mí es como si en el camino siguieran todos aquellos ruandeses que huyeron de sus casas y no pudieran regresar porque en nuestro imaginario aún no han llegado. Simples matices.