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El Médano, en 1915 – Por Ana Rosa García Torrent

   

Si padre, nacido en La Orotava en 1907, era de pequeño un niño algo delgaducho y padecía de convulsiones cada vez que tenía fiebre. Sus padres pensaban que la vida al aire libre era más sana que en su casa de La Orotava, y todos los años al finalizar las clases, lo mandaban a Granadilla para pasar el verano con sus abuelos, en la casa de la calle del Agua, que allí vivían papá Pepe y mamá Frasca. Luego, en el mes de agosto se reunía toda la familia en el Médano, para disfrutar del veraneo en la playa. El viaje se hacía en el medio de transporte más usual entre el norte y el sur de la Isla, que era el barco, mucho más eficaz y más cómodo para personas y mercancías que ir por el Camino de Chasna andando o en bestia. En aquella época, sobre todo en el sur, las comunicaciones por tierra en eran muy precarias. Como las aguas de El Médano son muy poco profundas, había que aprovechar la luna llena con las mareas altas para que el barco pudiera acercarse al muelle (así lo hacía allá por los años cincuenta un barco que se llamaba La Amelia), o si no, fondeaba un poco retirado y unos lanchones trasladaban a tierra a personas y bultos. Cuando en el barco iba por ejemplo una vaca (esto me lo contó mi tía Ana), la bajaban hasta el agua y , de forma natural, esta nadaba hasta la playa. Allá por el año 1915, cuando mi padre tenía unos ocho años, el día para el que se organizó su viaje resultó ser un lunes del mes de julio. Papá iba nervioso, pero ilusionado. Los veranos en casa de sus abuelos le encantaban. La casa de Granadilla estaba anexa a una finca, y por encima de la vivienda había una entrada para las bestias. El contacto con el campo, con un caballo y una vaca entre otros animales, corretear entre las huertas, trepar por los árboles, etc., era para él algo muy agradable. Por eso, aunque mareaba en el barco, el viaje valía la pena. Mi abuelo había puesto a sus padres un telegrama para que fueran a recibirlo al muelle, y le encargó a una señora conocida que atendiera al niño durante el viaje. Cuando llegaron a puerto y se bajaron del barco, El Cabezo era un espectáculo. Aparte de las personas que habían acudido a recibir a sus allegados, había un montón de camellos afuchados, esperando para cargar las mercancías. En el sur los camellos eran muy apreciados para las labores agrícolas y como animales de carga, porque el agua era escasa y ya sabemos que estos animales resisten bastante bien la sed. Buscaron entre la gente y se encontraron con que no había acudido nadie a recibirlo. Se extrañaron un poco, pero la señora que lo había asistido durante el viaje lo tranquilizó asegurándole que vendrían a buscarlo enseguida, y que ella lo iba a acompañar hasta que llegara su familia. Pero fue pasando el tiempo, se fueron cargando los camellos uno a uno hasta que le llegó el turno de marchar a la señora, y no había aparecido ningún familiar a recogerlo. Como suele decirse en estos casos, al pobre de papá no le llegaba el alma al cuerpo. En esa situación, la señora habló con el encargado del muelle explicándole de quien era el niño, asegurando que pronto vendrían por él. Lo sentaron por allí en algún lugar, y poco a poco iban partiendo las personas y los camellos que quedaban. El tiempo pasaba … Puede que solo fueran un par de horas, pero al pobre niño le pareció una eternidad. Cuando se habían ido ya todos los camellos menos el último sin que nadie apareciera a buscarlo, el encargado informó al arriero de quien era aquel niño, y éste convino en llevárselo a su abuelo, ya que lo conocía y su casa les quedaba de camino. Lo montaron en el animal y empezó la subida con el balanceo propio de la cabalgadura. No sé cuánto tardarían en llegar hasta un buen trozo más arriba de San Isidro. Allí se cruzaron con un caballo que bajaba al galope. Era su tío Frasco que a toda prisa se había puesto en camino porque ya había llegado a Granadilla la noticia de que el niño, que había venido en el barco, estaba solito en el muelle. Papá lo reconoció en cuanto vio aparecer el caballo y se puso contentísimo. Pararon las bestias, se cambió de montura y, por fin, llegó a su destino. Ya con su familia empezaron a analizar los acontecimientos y se descubrió que se había producido un malentendido. El telegrama que mi abuelo había mandado desde La Orotava (el telégrafo estaba en la calle de San Agustín, donde luego se puso la farmacia) debía decir: “El lunes llega Pepito vapor”. Pero el telegrafista de turno entendió mal o se equivocó, y lo que puso fue: “Pedido” en vez de “Pepito”: “El lunes llega pedido vapor”. Casualmente, mi bisabuelo había encargado en La Guancha unos “arneros” (una especie de cestos) para la viña porque según le habían dicho, allí los hacían muy bien, y pensó que eran los tales “arneros” el pedido que venía en el barco. Esta experiencia quedó para siempre grabada en la memoria de aquel niño, y hasta más de noventa años después, siempre que pasábamos por una curva a medio camino entre Granadilla y San Isidro, papá nos decía: “Aquí fue donde nos cruzamos con Frasco”.