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después del paréntesis >

Messi – Por Domingo-Luis Hernández

   

Pongamos te has ganado el derecho a participar en uno de los acontecimientos más atronadores del planeta, porque de jugar a la pelota sabes. Pero para el caso, eso que resultaría normal ajustado al proceso, no es todo, ahí no queda la cosa. La cuestión es que se te ha considerado el mejor jugador del mundo y falta una copa para confirmar. Si no los Balones de Oro que guardas bajo del brazo (algunos asombrosos) no resaltarían el valor que se les atribuye, y de sentirte a ser mediaría un abismo. De manera que con semejantes prerrogativas no está por demás que te resistas a ser un mero futbolista, que a lo que te dedicas sea un elemental deporte en el que unas veces se pierde y otras se gana. Aquí arrollar es lo incontestable, excelso triunfador. Luego, la Copa del Mundo y que los argentinos se olviden (siquiera sea por siete noches) del gran Diego.

Carrera sostenida y hasta la final donde espera Alemania. Ellos son lo que son, un buen equipo, el único que propueso una idea de futbol en el Mundial, pero… Tú eres impar. Y entonces, a los que nada más se nos permite observar el espectáculo tras la pantalla de un televisor, se nos rasgan los velos del templo al percatarnos de que sobre la mesa despliegan cartas marcadas. Eso es lo que propusieron los sabios de la FIFA: la orda de beneficios según a que árbol se arrimen, ¡oh, Messi, grande Adidas!

Dicho lo cual un tal Götze puso la equidad patas arriba. Porque si por decreto fuera (cual ordena y manda Rajoy) el sujeto en cuestión se lo merece, en tanto coinciden con él en corroborar que es insuperable. El fracaso sublime no viene a cuento como página de esta historia, que cinco veces fue el mejor en los partidos que jugó. De donde de nuevo Balón de Oro, el mejor del Mundial recién clausurado en Brasil. Visto lo visto, la sorpresa ni es mayúscula ni minúscula; es. Hasta Blatter, que más de una vez ha pasado por sospechoso, se sorprendió. No iba a ser menos, dado la que se ha armado en los medios, el propio Maradona al lado de los que nos rascamos los ojos: es injusto hacer ganar a alguien lo que no ganó. Es decir, el preclaro raciocinio de quienenes proclaman sus valores le han hecho un flaquísimo favor al fútbol, que es un deporte; o lo que es peor, le han endosado la peor de las pasadas posibles al elegido. Porque no es cuestión de provecho o de confirmación: lógica del torneo: el distinguido no está ni entre los diez mejores según las estadísticas (frente a Kroos, Rubben, De Vrij o James Rodríguez). Messi es, pues, una operación de mercado que sube hasta la vergüenza a los incautos que manejan estas condecoraciones. Más al insistir en lo ridículo, comparándolo (una y otra vez) con Maradona. No hay análisis ni equidad. Jugadores hubo y hay en el mundo que hicieron grandes a sus equipos: Di Stéfano, Pelé, Kubala, Cruyff, Maradona, Zidan, los Ronaldo… Y después de llevar al límite lo que aprendió de su maestro, Cruyff, es decir, el fútbol es un enfrentamiento en el espacio, de dominio del espacio, luego presión y la pelota corre más que los jugadores, conocimos a un entrenador que entendió que un equipo podía hacer grande, muy grande a un futbolista, el Barcelona.
Con esas prerrogativas este coleccionista de Balones de Oro juega. Por eso Argentina es la selección que hoy es, frente a la de los grandes seleccionadores que fueron, Menotti o Billardo, pobre Sabella. Él no se integra en un equipo, el equipo ha de responder a lo que él propone, con el sistema conveniente y los cambios que el entrenador ha de introducir en el campo, incluido el resto de participantes. Si así no ocurre romperá la baraja y entonces miles de truenos aparecerán por doquier.
¿Eso es lo que entendió Guardiola y por eso se marchó a hacer fortuna con el Bayern? ¿Eso es lo que le ocurre a Messi a expensas del punto final? Lo sabremos.