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Mucho más que unas primarias en el PSOE – Por Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca

   

Los 198.000 militantes del PSOE están llamados hoy a votar para elegir a su nuevo secretario general en un proceso de primarias del que existe un precedente infausto: el de 24 de abril de 1998 cuando Josep Borrell se impuso a Joaquín Almunia, entonces secretario general, como candidato a la Presidencia del Gobierno, por algo más de 21.000 votos. El proceso dio pie a problemas de bicefalia -que podrían repetirse cuando sea elegido el candidato a las próximas elecciones generales-, juego sucio y divisiones internas que determinaron la dimisión de Borrell en mayo de 1999 y el batacazo electoral de Almunia en 2010.

Con tal precedente, la elección de hoy no suscita especial entusiasmo entre la militancia, un tanto desconcertada por los vaivenes del partido y su profunda crisis de identidad. En el propio aparato de poder socialista, pese a la aportación que suponen las primarias en cuanto a transparencia, representatividad y acercamiento a la sociedad, se advierte cierta preocupación por temor a una participación de bajo nivel y por la incertidumbre misma de la votación. ¿Qué pasaría si se produce un final muy apretado o si quien resulta elegido no tiene escaño en el Congreso de los Diputados, que es el centro de la vida política nacional? Aunque formalmente el resultado no es vinculante y cabría la posibilidad de dar paso a una gestora, lo que decidan las urnas deberá ratificarlo el congreso federal extraordinario previsto para los días 26 y 27 de julio, que además tiene previsto modificar las normas para que los secretarios generales provinciales, autonómicos y federal sean elegidos directamente por los afiliados del partido.

En realidad, es mucho lo que está en juego. Para el partido, con 135 años de historia y principal referencia política de la izquierda española, que en un trienio ha perdido casi tres millones y medio de votos. Y para España porque, hasta ahora, PSOE y PP han sido los dos grandes baluartes del sistema. Ambos sostienen básicamente el edificio constitucional alumbrado en 1978 y cercado ahora por populismos y comunismos de nuevo cuño, fruto de los errores de ambas grandes formaciones en el manejo de la cosa pública -así lo atestiguan, entre otros, los frecuentes escándalos de corrupción y la sistemática intromisión del poder político en la vida judicial- y del cabreo generalizado que ha suscitado una crisis económica de casi ocho años con perniciosos efectos en las clases medias y, sobre todo, las menos favorecidas de la sociedad. El cierre en falso del congreso de Sevilla, con el apretado triunfo de Rubalcaba frente a Chacón, y la posterior derrota socialista en las elecciones europeas -que trajo consigo la aparición de Podemos y otras formaciones de extrema izquierda situadas en los bordes mismos del sistema y dispuestas, con un recetario probado y fracasado en el mundo, a cargar contra todo lo que haga crecer el populismo insensato- llevaron el 26 de mayo a la dimisión del secretario general, Alfredo Pérez Rubalcaba, en un momento en que el partido se halla en caída libre, sin liderazgo sólido ni proyecto político claro capaz de enderezar el rumbo perdido y entusiasmar al electorado.

La situación es preocupante. Incluso Felipe González ha advertido sobre el peligro de “descomposición del partido” si llega a la secretaría general uno de los dos candidatos “de cartón-piedra”, como denomina a los aspirantes Madina y Sánchez -entre quienes parece estar la victoria-, por su poca experiencia y escaso bagaje intelectual y político. “El PSOE puede convertirse en una formación marginal”, ha añadido el ex presidente. Joaquín Almunia, el comisario europeo, ha sido muy crítico con Madina, compañero en el País Vasco donde no logró para su candidatura el respaldo de su propio partido. Literalmente, ha dicho: “No podemos elegir candidato a alguien de primero de BUP”. A su vez José Félix Tezanos, sociólogo de cabecera del partido, ha subrayado que “están surgiendo sectores desencantados e indignados que no se contentan ni con buenas palabras, ni con generalidades, ni con inercialismos programáticos desfasados y poco operativos, ni con liderazgos de cartón-piedra… si no se emprenden pronto las rectificaciones y regeneraciones necesarias, su decadencia (del PSOE) puede acabar haciéndose crónica”. Otros socialistas, como Guerra, Solana, Solchaga o Rodríguez Ibarra, han mostrado su preocupación por la evolución de los acontecimientos y la falta de propuestas creíbles y solventes, liderazgos fuertes y un rumbo claro y decidido ante los problemas de la sociedad española.

Ninguno de los tres aspirantes a la secretaría general ha aportado durante la campaña electoral ideas o iniciativas relevantes u originales. Y si se repasa el debate de guante blanco del lunes pasado, que tiene el gran mérito de ser pionero en España, se advertirá que los tres candidatos abusaron (Sánchez en menor medida) de las propuestas tópicas y recurrentes sobre reforma de la Constitución, anulación del Concordato con la Santa Sede, laicidad, dilema monarquía-república, Estado federal, mejora de los servicios públicos, limitación o desaparición de austeridades y recortes, anulación de la vigente legislación laboral… Nada hablaron sobre Europa y su modelo social. Ni sobre los parados. Ni sobre la separación de poderes. Ni sobre la solidaridad interterritorial. Ni sobre el modelo de Constitución, asimétrica o igualitaria. Ni sobre política exterior y terrorismo. Ni sobre la necesidad de seguir corrigiendo el déficit público, lo que hace inviable -salvo que se suban los impuestos- la pretensión de acabar con las políticas de contención del gasto.

Se advierte una evidente radicalización del discurso por parte de Pérez Tapias, pero también por Madina y, en menor medida, por Sánchez, como si miraran de reojo a IU y Podemos. Sería un tremendo error que el PSOE cargara en exceso hacia la izquierda ya que el socialismo español ha cosechado sus mayores éxitos cuando se ha aplicado hacia el centro y el centro izquierda, el espacio de la moderación, que es donde ha estado hasta ahora el caladero de votos determinante de los triunfos electorales. A los estrategas socialistas tampoco les convendría pasar por alto si les interesa reforzar al Partido Popular dejándole en exclusiva todo el espacio de centro. Un PSOE muy volcado a la izquierda haría muy difíciles, casi imposibles, algunos consensos necesarios para el futuro inmediato, empezando por la reforma constitucional y la cuestión catalana. El socialismo español, debilitado y sin autocrítica, incapaz de reclutar a candidatos con caché, sometido a tensiones internas y territoriales, con una militancia aparentemente más a la izquierda que sus dirigentes, se encuentra ante un dilema de calado. O, sin renunciar a sus señas de identidad, sigue buscando la transversalidad y embrida la crisis con políticas templadas y realistas, de acuerdo con las propuestas de la Unión Europea y los mercados, o rompe la línea de apoyo a la democracia liberal y las políticas del mismo corte para ceder a propuestas demagógicas, populistas y radicales, todas inviables, y a una confrontación permanente con la derecha, luchas en la calle y ensoñaciones revolucionarias.

El único socialismo posible es la socialdemocracia, pese a la grave crisis que afronta en todo el mundo por su insostenible modelo económico. Los extremismos no conducen a nada, menos aún en tiempos globalizadores, y pueden alumbrar conflictos sociales e imposibilitar una salida a la crisis institucional política, social y económica que sufre el país. El enemigo del Estado de Bienestar no es la derecha, sino una democracia corrompida en la que se confunden los poderes, un sistema impositivo injusto, una deuda pública escalofriante, unas administraciones sobredimensionadas, una grave deslealtad territorial, unos políticos corruptos y manirrotos, una calamitosa política demográfica y familiar, una picaresca nacional que se enreda con el fraude, la subvención y el conformismo. Con todas estas negatividades debería tratar de acabar un socialismo renovado, fuerte, coherente, capaz de estabilizar la democracia y no poner en riesgo los progresos alcanzados durante los últimos años.