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Los niños – Por Domingo-Luis Hernández

   

Los conflictos en la actualidad han variado de lo internacional a lo interno. Y en lo local, sufrimos enfrentamientos políticos, étnicos, por creencias… Lo que sucede hoy entre Israel y Palestina denuncia semejante atrocidad: por el territorio, la religión, frente a otra raza… No es una guerra en el frente, como ocurrió con la Guerra de los seis días; es una guerra en una zona urbana en la que la población civil es el blanco de la discordia. Cuando Hamás lanza cohetes hacia territorio hebreo, o cuando los israelitas responden con fuego mortífero desde sus posiciones.

Se añade a esta locura lo que Hamás representa. Por un lado, fuerza minoritaria, fuerza sitiada, con armamento obsoleto o raquítico, contra el poder armamentístico de Israel. Por otro, el erguimiento religioso. La muerte en defensa de la fe para los musulmanes es muerte de salvación. En ello se escuda Israel para explicar las víctimas civiles, más de dos tercios del total en este tipo de enfrentamientos. Es decir, ¿los ciudadanos comunes se convierten en escudos humanos, es una estrategia deliberada y justificada de Hamás en atención a las dichas perspectivas religiosas?

Si así fuere, la pelea entre Hamás e Israel se convierte en un combate aterrador. Las leyes internacionales sobre la protección en la guerra a las mujeres, los niños y los mayores aquí queda en suspenso. A expensas de lo que los débiles, los que se dicen agredidos por los omnipotentes vecinos, argumenten ante los organismos mundiales por la muerte indiscriminada de su gente, mujeres y niños a la cabeza; o lo que es lo mismo, la ONU proclama investigar (sin consecuencias, claro) si se prueban crímenes de guerra por parte de Israel.

Lo siniestro de esta guerra es que expone posiciones primitivas, con mujeres en la actividad militar y en apoyo militar en Palestina, con niños que se enfrentan de cara a los invasores, y su contrario: un ejército convencional, bien entrenado y armado.

Es un conflicto de variables repetidas: por la patria (Palestina) y en defensa de la patria (Israel). Lo que los unos precisan internacionalizar es la agresión indiscriminada y debastadora de los otros; lo que los otros quieren demostrar es que su operación es de defensa y en pos de la supervivencia como pueblo. En un caso, los ataques están justificados (aunque sean en contra de una central nuclear), en el otro también.

No hay solución, ni siquiera aunque el caos se prolongue hasta las mismísimas fauces del infierno. Hamás precisa aniquilar a Israel; Israel teme que el encuentro con Hamás (dos estados en armonía) lo debilite.
Razones religiosas, étnicas, políticas, históricas…; Palestina en la aporía del ocupado, del sojuzgado; Israel con la lacra del exterminio y en defensa de su territorio, el territorio que une y vigila su esencia.

Lo que uno mira, entonces, no es la gravedad; mira que en este impúdico mundo los valores que creíamos consustanciales al género humano se disuelven. Por un lado, la guerra en su perversidad. Y un asunto más catastrófico: la muerte de los niños. Llorar la muerte de los niños en Palestina no solo nos hace afligirnos por la barbarie sino que nos hace gemir por la inocencia, por la muerte siniestra de la inocencia.