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Nuestro amigo Paco – Por Juna Julio Fernández

   

Quieren ser estas líneas testimonio de un dolorido sentir, cuando se cumplen tres meses de que nuestro amigo Paco haya dejado de estar entre nosotros. Se fue, definitivamente, el 10 de abril último, tras una larga y sufriente despedida que se prolongó tres años y encaró con especial entereza y humor, arropado por familiares y amigos y el refugio en la poesía y la música, dos entregas que cultivó con pasión.

Coincidí con Paco por primera vez en 1952 en el Examen de Reválida que, al terminar el bachillerato, nos concentraba a todos los estudiantes canarios en la Universidad de San Fernando de La Laguna, pero empecé a conocerle años después en el campamento de la Milicia Universitaria de Los Rodeos, también en La Laguna, cuando él apuntaba a ingeniero industrial y yo a arquitecto. Artilleros los dos, fue la única ocasión en que le tuve a mis órdenes -yo sargento, él alumno-, pues acabadas las carreras, él peregrino por tierras peninsulares y yo afincado en Tenerife, no volvimos a encontrarnos hasta los años de la Transición, ambos tocados por la inquietud del momento.

Acabamos integrados en la UCD de Adolfo Suárez, dispuestos a dar más que a pedir y convencidos de que debíamos contribuir a enganchar a España en el tren de Europa. Yo en el Congreso de los Diputados, él en el Cabildo Insular de Tenerife, vivimos momentos decisivos, intensos unos, tensos otros, el más el asalto al Congreso del 23-F, en 1981, retenido yo en el hemiciclo y él por fuera, atento a lo que pudiera ocurrir dentro. Y consigno, aquí y ahora, que tuvo en cuenta nuestra postración por la forzada vigilia y nuestro desmayo por el forzado ayuno, pues al salir, nos llevó a Zenón Mascareño, también prematuramente ido, asimismo diputado y amigo común a comer a Casa Paco -otro Paco providencial- en Puerta Cerrada, donde el mesonero, republicano superviviente de la Guerra Civil, nos reanimó con palabras de aliento y un colosal chuletón capaz de resucitar a un muerto.

De aquellos años quedó una amistad cómplice y creciente, alimentada en coincidencias profesionales y aficiones compartidas -Música, Poesía y algunas más-, lo que sin duda le llevó a pedirme que prologase un libro que recogía las cartas que otro amigo, Antonio Portero, sana y voluntariamente internado en los montes astures, le enviaba cada uno de los días de su internamiento hospitalario. Las leí con atención emocionada intuyendo que Antonio Portero entendía que la mejor terapia para animar a Paco era centrar cada carta en un poeta, con evocaciones que además de actuar como paliativos en su circunstancia particular podían ayudar a otros, pacientes o no, a aprehender algo tan inasible como la Poesía.

Para Portero las cartas eran “recetas”: “Rendir tributo al esfuerzo, hacer de la fe un empeño y concienciar al paciente en que su lucha contra el mal conduce al triunfo” es el hilo que las hilvana y Paco quería que las publicase con la Asociación Española Contra el Cáncer, cosa que por su extensión excedía a nuestras posibilidades.

No fue posible, mas Portero y yo empezamos a trabajar para condensarlo y ha quedado el libro con su texto y mi prólogo, del que entresaco estas líneas, sin descartar que pueda publicarse. Brindo desde aquí la oportunidad al Cabildo Insular del que Paco fue entregado vicepresidente. Para mí, como arquitecto empeñado en conciliar funcionalidad y belleza, la Poesía es capaz de encerrar en un poema lo más elevado de la estética: “El poeta concibe la poesía como belleza y, captándola, puede crear un mundo que la refleje y le permita transmitir, fundidos en ella, sentimientos y pensamientos”. De eso hablamos mucho Paco y yo en los tres años de su dura batalla contra el cáncer y sería un merecidísimo homenaje póstumo a quien se volcó en la Institución Insular de manera más que meritoria.

He llegado hasta aquí sin desvelar -aunque fácil es adivinarlo- que me estoy refiriendo a Paco García del Rey, que siempre contó con el amor de Cristina y de sus hijos y nietos, y que con su ida nos ha dejado un vacío difícil de llenar. Pero sabiendo lo que para él significaba la Poesía yo trato de hacerlo echando mano a los versos de José Ángel Valente en su homenaje a Rosalía de Castro:

Se fue en el viento,/volvió en el aire./Le abrí en mi casa/la puerta grande. Se fue en el viento,/quedé anhelante. /Se fue en el viento, /volvió en el aire. Me llevó adonde/ no habrá nadie. /Se fue en el viento,/quedó en mi sangre. /Volvió en el aire.

Hasta que volvamos a encontrarnos, un abrazo más.