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¿Papas sin corazón? – Por Wladimiro Rodríguez Brito*

   

Hace pocos días han entrado por nuestros puertos una partida de papas importadas. Cuesta creer que tal cosa esté ocurriendo en estas fechas, ya que estamos en plena cosecha y los precios que obtienen los agricultores, entre 0,30 y 0,60 euros por kilo, ni siquiera cubren los costes de producción.

Solamente cada kilo de semilla para producir dichas papas ha costado algo más de un euro, a lo que hemos de incorporar los abonos, el coste del trabajo, y en teoría algún beneficio para quien las sembró, y finalmente el coste de los distribuidores hasta llegar a los mercas, ya que en la distribución no suele superar el euro por kilo.

¿Hay razones para importar papas en esta situación? En los últimos años hemos pasado de unas 15.000 hectáreas cultivadas en la década de los años ochenta del siglo pasado, cuando nos autoabastecíamos y exportábamos, a unas escasas 4.000 hectáreas, importando más del 60% del consumo local. Por el camino hemos perdido miles de puestos de trabajo, y dejado muchas tierras sin campesinos, abandonadas y cubiertas de maleza; campo abonado para los incendios, la miseria y el paro. Las de ahora son papas importadas como señuelo, papas dumping; algunos importadores juegan a la desmoralización de nuestros agricultores, a hundir el mercado, ya que incluso es dudoso que vayan a producir beneficios directos, contando lo que cuestan los fletes desde el exterior hasta las islas. ¿Malta, Israel, Egipto, Chipre? Las papas “baratas” de importación son hambre para hoy y más para mañana: tierras sin campesinos, tierras para conatos e incendios en los largos veranos canarios y campesinos parados.

La lucha por una tierra más solidaria en lo social y lo ambiental nos hace mirar hacia Japón: allí el arroz es su cultura, más que un cultivo o una mercancía. Ellos aplican unos fuertes aranceles de entrada, pero no por razones comerciales o aduaneras, sino por razones sociales y culturales. Igual que aquí, las difíciles zonas montañosas del Japón suben los costes de producción; pese a ello el gobierno allí aplica subsidios para los que cultivan arroz de manera tradicional y casi artesanal. Un plato de nuestras papas arrugadas es muchísimo más que un alimento para aplacar el hambre. Las papas son mucho más que un alimento del supermercado, son nuestra referencia cultural; pensemos que las papas canarias de color son el resultado de los paisajes rurales canarios desde los valles del norte de Lanzarote, Teneguime y Guiñate, hasta Nizdafe y Binto en el Hierro. Redescubrir y mejorar las técnicas agronómicas, buscar alternativas en la rotación de cultivos, animar a nuestros jóvenes, potenciar la asociación entre tierra y ser humano, reducir nuestra dependencia de las importaciones, etcétera. Tenemos que ponerle corazón a la vida y a las cosas y no poner todos los huevos en el mismo cesto.

Las papas saben a pueblo, a cultura, a campo limpio de maleza, pero también a sociedad solidaria, comprometida con el mañana sin olvidar el ayer. Nuestro campo es mucho más que un soporte físico, donde especular con miras a corto plazo, buscando precios y beneficio.

Las papas de Israel o de Malta saben a mundo insolidario, un mundo sin corazón. La solidaridad con los que cuidan nuestra tierra se ve también en el caldero. No hay derechos sin obligaciones, ni campo sin campesinos; el medio ambiente también tiene que ver con ir al supermercado, es parte de un todo, de una cultura y un compromiso. Los que han limpiado la maleza de nuestros campos para sembrar papas no se merecen lo que está ocurriendo.

¿Malta con 300 kilómetros cuadrados y más de 400.000 habitantes produce papas para exportar? Son papas traídas sin corazón. Seamos solidarios con los comprometidos con nuestra tierra, digamos “no” a la especulación.

*DOCTOR EN GEOGRAFÍA POR LA ULL