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Paul Cézanne – Por Luis Ortega

   

Mientras Toledo alberga y celebra el grueso de los fastos sobre el genial cretense, Madrid dispone los ecos con brillantes actuaciones en el Museo del Prado. Y, tras la muestra de su biblioteca (Diario de Avisos, 21 de julio) El Greco y la pintura moderna revela su poder de anticipación y la admiración que su técnica despertó entre los plásticos más relevantes de las dos últimas centurias. Doménikos Theotokópoulos no pudo convencer al Rey Prudente para trabajar en el convento escurialense pero su ardiente originalidad cautivó a los poderes religiosos y a la aristocracia toledanas porque era más, mucho más, que un manierista, ajustado calificativo de quienes pretendieron imponer su estilo, “a la manera moderna”, según el erudito Giorgio Vasari. Laborioso y taciturno, deslumbrado por el colorismo veneciano, no paró en la busca y hallazgo de mundos propios, con la despreocupación por la perspectiva -porque era más importante la pasión que la geometría- y el equilibrio precario de las composiciones, para pasmo y gozo de los espectadores; la deliberada estilización y distorsión de las figuras, las ambientaciones irreales y la iluminación efectista completaron un discurso estético que, celebrado y bien pagado durante su vida, fue eclipsado por los logros barrocos, redescubierto por los decimonónicos y consagrado por las vanguardias y nombres cimeros del siglo XX. Con inteligente criterio, el comisario Javier Barón juntó veinticinco obras audaces, y canónicas, del ilustre trasterrado, muchas cedidas por museos y colecciones trasnacionales – Laocoonte y La Visión de San Juan llegaron de Estados Unidos – con otras setenta de autorías tan contrastadas como Edóuard Manet, los españoles Mariano Fortuny, Ricardo de Madrazo, Santiago Rusiñol e Ignacio Zuloaga; los judíos que triunfaron en el París de entreguerras, Marc Chagall y Chïm Soutine; el Pablo Picasso cubista; los fabuladores surrealistas Oscar Domínguez Andrés Masson; Amedeo Modigliani y los expresionistas centroeuropeos Oskar Kokoschka y Max Beckmann; José Clemente Orozco, Roberto Matta y Jacson Pollock, como ejemplos de su influjo en América; y, al fin, los últimos admiradores, Alberto Giacometti, Francis Bacon y Antonio Saura. Punto y aparte para la versión que el gran Paul Cézanne (1839-1906) hizo de La Dama del Armiño, expuesta por primera vez en España, que constituye un sincero homenaje al candiota que, por talento o revelación, acaso por ambas a la vez, profetizó con su trabajo los rumbos más ambiciosos de la pintura contemporánea.