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Plataformas – Por Miguel L. Tejera Jordán

   

La Autoridad Portuaria de Tenerife anuncia que, en los próximos meses, llegará a los muelles de Santa Cruz una decena de plataformas petrolíferas como las tres que ya se están atracadas, una en el Dique del Este y dos en Cabo Llanos. Rodríguez Zaragoza reconoce que estas enormes torres flotantes causan un impacto visual negativo en la ciudad, pero confirma que “no se les puede hacer ascos”, porque reportan una importante riqueza a la capital. Lo que resulta rigurosamente cierto. Sin embargo, ya suenan voces de algunos memos que, al amparo de tal impacto negativo y recurriendo a argumentos engañosos, advierten de inexistentes peligros medioambientales. Con lo cual, está claro que ya hay algunos personajes deseosos de liarla para que las plataformas no vengan y el Puerto se nos muera a causa de su inactividad. Veamos: las plataformas flotantes se comportan como buques que transitan lentamente por los océanos. Y que necesitan recalar en determinados puertos, para procurar descanso a sus tripulaciones y para suministrarse de toda clase de víveres y provisiones. Según me informan, cada una de ellas lleva a bordo a más de un centenar de empleados bien cualificados y mejor pagados. Estas personas bajan a tierra a menudo, entran en bares y cafeterías, en restaurantes, en tiendas de ropa o calzado; cogen taxis, consumen medicamentos vendidos en nuestras farmacias, realizan excursiones por el interior de la isla, alquilan coches, se hospedan con sus familiares llegados en avión en hoteles de media y alta gama. Todo ello sin contar los dineros que las empresas pagan por derechos de atraque, suministros de combustibles, acarreos de repuestos. Mueven cientos de camiones cargados de contenedores repletos de alimentos frescos y ultracongelados; animan la actividad de los estibadores, contribuyen a que se desplacen grúas y otras máquinas pesadas indispensables para satisfacer todas y cada una de las necesidades de a bordo. Pero claro, llegan los memos de turno y se mueven para que no vengan porque afean la ciudad, lo que es cierto. Pero mis niños: estamos sumidos en una crisis terrorífica. Y la pela es la pela. Que lo digan los estibadores y camioneros, los proveedores de frutas y verduras, de carnes y pescados, de mariscos y helados, un suponer. Y está claro que si afean la ciudad, pues a aguantarse toca. Porque no podemos volver a las cuevas del neolítico. A vivir como nuestros antecesores, los aborígenes guanches. La ciudad necesita activar el empleo, mover trabajadores, generar riqueza con la que se pagan salarios y seguros sociales. Muchos chicharreros viven de estos negocios. Y han de dar de comer y beber a sus hijos. Llevarles al médico, al colegio, a los polideportivos a que muevan el esqueleto. Y eso no se consigue diciendo que no a todo.
Conclusión: ¿Me gustan unos gigantes de acero y hormigón pegaditos al Cabildo? Pues no. Pero no se trata de lo que me guste o me disguste. Se trata de que dejan una millonada de euros en mi querida ciudad. Así que el que no esté de acuerdo, que se tape los ojos o mire para otro lado. A fastidiarse toca.