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Rainald von Dassel – Por Luis Ortega

   

Desde julio, con la mayor piedad y boato, los vecinos de la próspera Colonia celebran su más popular efeméride, el hito que la erigió en meta de las peregrinaciones católicas del Viejo Mundo, junto a Roma, partida y meta de todos los caminos, y Compostela, tumba del apóstol viajero.

Por contrastada documentación, el 23 de julio de 1164, , “con las campanas al vuelo y los fieles emocionados, una barcaza, fletada por el arzobispo Rainald von Dassel (1120-1167) atracó en el puerto del Rin con las osamentas restos de los Reyes Magos de Oriente, aquellos que, en la Noche de Belén, adoraron al Hijo del Hombre que, en sustitución del tiempo de justicia, trajo un Reino de Gracia y de clemencia”. El promotor de la curiosa iniciativa era miembro de una adinerada familia de la Baja Sajonia y reputado como profesor de estudios clásicos, tuvo raudas y brillantes carreras en la iglesia y la política; usó con igual desenfado la pluma y la espada, fue canciller del Imperio con Federico Barbarroja y, sin duda, el más firme paladín de la supremacía alemana sobre los reinos cristianos de Europa, lo que le costó, además de pleitos y excomuniones temporales, varios atentados fallidos. Tres años antes de su muerte – fue víctima de la malaria en Italia – se apropió de los huesos de Melchor, Gaspar y Baltasar, descubiertos y venerados en Milán, y los trasladó, como regalo personal, a la ciudad más prestigiosa de la Renania del Norte “para gloria eterna de la nación”. Para custodiar las reliquias se construyó una urna de metales y piedras preciosas en cuya elaboración el orfebre francés Nicolás Verdun invirtió cuarenta años y, aún más, para acoger tan preciada joya se fabricó la fantástica catedral, “la mayor de todas las germanas, y la más alta del Continente”.

En la misma seo, en la capilla de Nuestra Señora, descansa el ilustre y polémico donante mientras, una vez más, eruditos religiosos y laicos reactivan el debate sobre la autenticidad de la Translatio y el contenido del artístico arcón, abierto en 1854, cuando se comprobó la existencia de tres esqueletos -varones de cincuenta, treinta y doce años- y en 1979, cuando se analizaron los tejidos que los envolvían, datados en los siglos II y III de la Era Cristiana. Sin embargo, nada recorta o perturba la continua afluencia de piadosos y curiosos peregrinos al recinto catedralicio ni resta un ápice de brillantez a las ceremonias litúrgicas y culturales que entornan esta celebración que, según la agencia DPA, al margen de lo que contenga el relicario, “evoca la más hermosa historia y la razón de ser de nuestra Colonia”.