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Representación y gobierno – Por Hugo Luengo

   

Representar y gobernar constituyen las dos funciones primeras de cualquier sistema político. En las sociedades democráticas occidentales de nuestro entorno, ambas funciones, al tiempo que configuran los dos sistemas políticos básicos, esto es los de base proporcional y los mayoritarios, ofrecen desde las mismas respuestas diferentes. Su actualidad está vinculada, en el caso de España, a las dudas que hoy ofrece nuestro “sistema proporcional”, roto por la degradación de su uso, más bien abuso, y los defectos de su propio diseño institucional. De manera, como ya hemos señalado en esta columna, que el sistema de partidos hispano se ha convertido en el mayor problema para vencer la corrupción, equilibrar las cuentas públicas y reconducir entre otros el problema territorial español.

En los sistemas “proporcionales” se prima la representación, en los mayoritarios, el Gobierno. En los primeros, el nuestro, la aristocracia de los partidos te permite incluirte en una lista cerrada, la apertura de la lista no cambia la naturaleza del sistema proporcional como algunos creen. En el caso de los mayoritarios, en cambio, se elige en circunscripciones electorales uninominales, a uno sólo, el mejor, el corrupto nunca repite. Aquí el elegido debe responder ante el elector, si no, tampoco repite. En las proporcionales responde sólo ante el jefe del partido de turno, que lo que premia es la fidelidad al partido.

Los sistemas proporcionales, sobre el papel, hacen más representativo el voto electoral y menos gobernable su organización, al contrario de los mayoritarios. Los sistemas continentales europeos son proporcionales, Inglaterra y Estados Unidos mayoritarios. Alemania corrigió su sistema proporcional, con cuota mayoritaria parcial en lista nacional, se han adelantado a todos y tienen por ello un sistema continental más eficaz.

Conscientes de la ineficacia del sistema español, el problema está abierto: representa mal y gobierna peor. En España el sistema prima a los dos grandes y a los nacionalistas principales en su circunscripción. Se abre el melón parcialmente. Para los ayuntamientos se propone ahora que gobierne la lista más votada. Pudiera formularse como la mitad más uno de los concejales para la lista más votada, y el resto proporcional con la regla D’Hont, nada de segundas vueltas que eso es muy caro. Sin duda, haría Ayuntamientos más gobernables, los alejaría de pretender resolver las guerras mundiales de turno, los derechos de los transexuales, o dedicar horas interminables a cambiar el nombre de las calles, mientras el “gobierno ordinario” se abandona.

Otro problema del sistema español: la deriva partidista ha pervertido el sistema propio de representación democrática, el de “ciudadanos iguales ante la Ley”, trasladando de facto el poder a los territorios a través del juego de los partidos, problema a su vez acentuado en el marco de las Autonomías. Otro problema más añadido, no hay límite de legislaturas. Más allá de dos legislaturas en instituciones grandes, pongamos 50.000 habitantes, el cambio de las presidencias se hace obligado. La deriva partidista española produce con la continuidad de mandatos, el bloqueo del sistema, la corrupción del partido, incremento de costes y pérdida en suma de la credibilidad democrática.

Para acabar, una representación adecuada con gobiernos eficaces obliga a replantear hoy en España el diseño institucional de los partidos y sus reglas de juego. Las últimas elecciones europeas han sido la primera llamada de atención. Vendrán más.

*ARQUITECTO Y URBANISTA