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El retrovisor – Por Francisco Javier León Álvarez

   

Dentro con mi automóvil por el túnel que discurre debajo de la avenida Tres de Mayo, esa boca mugrienta que devora nuestra necesidad de ir lo más rápido posible para llegar cuanto antes a cualquier sitio. Solo importas la velocidad y el tiempo, y la aguja del cuentakilómetros determina lo poderoso que somos. Miro por el espejo retrovisor y compruebo cómo dejo atrás paulatinamente una de las dos plataformas petrolíferas que llevan días atracadas en el muelle de Santa Cruz, mientras me vienen a la memoria las continuas noticias que hablan de la gran cantidad de dinero que generarán en la economía tinerfeña producto de los procesos técnicos implícitos a la misma. Mi espíritu crítico me obliga a replantearme todo lo relativo a las protestas públicas sobre las prospecciones petrolíferas en Canarias. Como leones heridos, sin dar el brazo a torcer, reaccionamos contra todo lo que suponga un ataque a nuestro territorio insular y los ecos de los gritos rebotan en las paredes de ese túnel provenientes de sombras difusas que se afanan mostrarnos las repercusiones que tendrían para aquel. De nuevo se ha reactivado el debate sobre las energías limpias como alternativa al petróleo, pero, salvo la nueva realidad de El Hierro en este campo, el resto son actuaciones puntuales que se ven mermadas por el poder de las compañías que lo explotan, frenando cualquier intento de independencia energética respecto a su suministro.

Intereses políticos y económicos: eso lo mueve todo. Nuestro caso no es excepcional y debería servirnos para reflexionar sobre lo que sucede en otros territorios en los cuales esas compañías -auspiciadas por los propios Gobiernos e instituciones internacionales- actúan impunemente, dando pie a la destrucción de sus ecosistemas y de la propia naturaleza, cuya responsabilidad evitan con una multa millonaria, una simple limosna que les garantiza continuar extrayendo el petróleo que luego nosotros utilizamos en las gasolineras de las Islas. Por tanto, somos tan culpables como aquellas del daño que les causamos, aunque tendamos a ignorarlo, y lo único que hacemos es montar en cólera cuando esos mismos males afectan a Canarias. Por eso también nuestra idea de defensa del medioambiente no es global, sino individualista y acotada, y no entendemos que lo que pase en un extremo del planeta repercute en el resto. Esas plataformas petrolíferas no son un espejismo, sino la llamada de atención de que cada grano de arena de este mundo es único e insustituible y forma parte de un todo que se desmorona por la codicia humana. El madito oro negro está condenando a desaparecer, pero antes no dejará títere con cabeza en forma de guerras entre países por controlar los últimos yacimientos. Pero hasta entonces, ¿qué más da esa naturaleza global mientras mis islas estén a salvo?