X
nombre y apellido>

Rogelio de Egusquiza – Por Luis Ortega

   

Pocos y sin medios, pero con una voluntad a prueba de dificultades, los wagnerianos españoles lograron que el Museo del Prado rescatara del olvido el homenaje que el santanderino Rogelio de Egusquiza (1845-1915) rindió a Richard Wagner y abriera una exposición titulada El Mal se desvanece en el bicentenario de su nacimiento. Discípulo de Francisco Mendoza, continuó sus estudios en la parisina Academia de Bellas Artes, viajó por toda Europa y, a su regreso, entró en los talleres de Fortuny y los Madrazo. Dotado de una excelente técnica, se dedicó a los retratos de la burguesía hasta que, en 1876, descubrió la música wagneriana y, salvo alguna excepción, consagró sus afanes a visualizar sus óperas con tal pasión y libertad románticas que fue un punto y aparte en la densa legión de pintores finiseculares del país. Desde finales de 2013 hasta el pasado junio, se mostró una selección de catorce óleos y aguafuertes que, por el desconocimiento del gran público, constituyó una auténtica sorpresa y despertó la curiosidad hacia este plástico montañés que, tras asistir al estreno de El anillo del nibelungo, viajó a Bayreuth en 1879 para conocer al maestro. Hasta su muerte permaneció bajo su mística y con ella compuso las efigies de personajes, ideológica y sentimentalmente vinculados con el músico, como Luis II de Baviera y el filósofo Arthur Schopenhauer. Desde 1892 participó en los salones Rosa Cruz, creados por el gran maestre Josephin Péladan, que buscaron “un arte espiritual frente a las lamentables degeneraciones experimentales”. En la Exposición Universal de 1900, con cinco estampas sobre Parsifal -la creación póstuma del compositor de Leipzig y el personaje favorito de su admirador- obtuvo la Medalla de Plata y, luego, la Legión de Honor. Sin perder de vista este referente, en sus últimos años realizó estampas idealizadas de los escritores del Siglo de Oro y, a su muerte, donó toda su producción a distintos museos, instituciones públicas y al Conservatorio Nacional de Música. Con la reorganización de los fondos estatales, El Prado acogió lo mejor de su obra que espera, como tantos testimonios decimonónicos, un espacio adecuado, que bien podría ser el vecino Ministerio de Agricultura. En cualquier caso, y volvemos a la harina, Wagner -Luis Cobiella, apasionado autor de una monumental monografía inédita, estaría contento- fue recordado con dignidad en este país donde cuenta con tan leales reconocimientos y tan firmes afectos.