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Rutinas – Por Indra Kishinchand López

   

Los defectos que voy a relatar a continuación eran recriminaciones constantes hacía su persona. No sería ella quien desmintiera algunas de aquellas informaciones; para qué engañarnos, todas eran verdades absolutas. El único problema es que para lo que otros parecieran imperfecciones para ella eran, a todas luces, maneras de ser. Nunca había sido relativista convencida, tenía unos valores que bien podrían ser universales. Había charcos que no era capaz de saltar a costa del dinero y plazas que jamás pisaría. Así lo pensaba hoy y quería seguir pensándolo toda la vida. El tema de los defectos propios era algo más complejo. Ella se enamoraba hasta de las palabras en apenas unos segundos y lo hacía con el compromiso de mantener la fidelidad hasta que se le agotara el aliento.

Ella vivía pensando que el futuro siempre era oportunidad y se acostaba intentando buscar respuestas al mal. Pero ahí no acababan sus vicios. Adoraba andar por la calle y saludar a desconocidos mirándoles fijamente a los ojos; entonces descubría sin hablar los secretos que no habían contado a nadie. Entre sus manías también estaba la de fotografiar ventanas abandonas. Allí esperaba encontrar vida desordenada y eterna. Desasosiego y razón.

No sabía si el mundo no estaba acostumbrado a ella o ella no se había acostumbrado al mundo. Después de todo, ese era el único hábito que había conseguido abandonar. Prefirió simplemente amoldarse a quien era y existir con sus defectos. Hasta que la muerte nos separe, se dijo.