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Soluciones – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Los ciclos políticos son consustanciales a las democracias, al igual que los ciclos económicos lo son a las economías de mercado. Eso significa que las democracias sufren soluciones de continuidad políticas, interrupciones en el fluir cronológico de sus instituciones democráticas. Las causas pueden ser exógenas o endógenas: pueden provenir de una crisis internacional política o económica, de una guerra, incluso de una invasión de todo o parte de su territorio; o pueden deberse a una crisis interna, generalmente relacionada con la corrupción política. Estos ciclos políticos se traducen en muchas ocasiones en cambios constitucionales, en elecciones constituyentes y adopción de nuevas Constituciones, y quedan reflejados en la nomenclatura política. Así, por ejemplo, hablamos de primera o sucesivas repúblicas, como en Francia o España, o caracterizamos períodos concretos con nombres alusivos. En España utilizamos denominaciones como la Década Ominosa, el Sexenio Revolucionario o la Restauración para referirnos a esos períodos concretos de nuestra historia constitucional, una historia que, en nuestro caso, es una sucesión continua de tales períodos. En el límite, la solución de continuidad puede implicar la destrucción de la propia democracia, bien por medio de un golpe de Estado bien a través de las vías electorales que la democracia brinda a sus enemigos. El paradigma de esta última vía sigue siendo el acceso de Hitler al Gobierno. Porque cuando los enemigos de la democracia llegan al poder, llegan para quedarse, la alternancia queda excluida. En Venezuela lo estamos comprobando.

Las democracias anglosajonas, en particular Reino Unido y Estados Unidos, parecen constituir la única excepción relevante a esta dependencia cíclica. Por citar una coyuntura representativa, durante la Segunda Guerra Mundial se celebraron elecciones, se produjo hasta un relevo presidencial, y el primer ministro que había conducido a su país a la victoria, Winston Churchill, perdió democráticamente las elecciones al final del conflicto. Las instituciones funcionaron con normalidad en la guerra igual que en la paz. Pero ya advertíamos que se trata de casos excepcionales -y extraordinarios-.

Es posible distinguir tres modelos de soluciones de continuidad política. Un primer modelo sería el francés, que ha conducido a la actual Quinta República y a una envidiable estabilidad y preponderancia políticas. La pérdida de su territorio y el Gobierno en el exilio durante la Segunda Guerra Mundial condujeron a la Constitución de 1946 y a la Cuarta República. Y la inestabilidad gubernamental y el parlamentarismo exacerbado y débil de un excesivo pluripartidismo llevaron a la Constitución de 1958 y a la Quinta República, bajo la impronta del general De Gaulle. En este caso, la solución de continuidad fue ocasionada por una crisis política interna: el fracaso colonial en Indochina y la cuestión de Argelia, que motivó una importante presión militar y una opinión pública favorable al cambio. A pesar de la presión militar, la situación se recondujo dentro de la democracia. Y, paradójicamente, la República francesa reconoció años después la independencia de Argelia, que en 1958 había estado en el centro del problema.

El segundo modelo es el italiano, cuya solución de continuidad estuvo presidida por una corrupción política interna generalizada. El proceso judicial denominado Manos Limpias descubrió en 1992 una extensa red de corrupción que implicaba a las principales fuerzas políticas de la época y a diversos grupos empresariales e industriales. Las elecciones generales de 1992 modificaron sustancialmente el sistema de partidos e hicieron desaparecer -o reconvertirse- a la Democracia Cristiana, el Partido Socialista y el Partido Comunista, hasta entonces los ejes del sistema. Y las elecciones locales de 1993 no hicieron sino corroborar el cambio. Los comunistas, además, se vieron afectados por la caída del Muro de Berlín (a los comunistas españoles no les ha llegado todavía la noticia). El resultado ha sido un sistema político similar al anterior, quizás con una menor incidencia de la corrupción y una mayor transparencia de la vida pública. Un sistema que, incluso, ha logrado superar tensiones separatistas en el norte (Padania). No es necesario destacar el paralelismo con la situación española.

El tercer modelo es el venezolano. Surge también de un escenario de corrupción generalizada y de crisis política y partidista, a la que habían llegado Acción Democrática y COPEI, los partidos que monopolizaban la vida pública venezolana desde el llamado Pacto de Punto Fijo de 1958. Pero sus consecuencias son letales para la democracia porque instauran una dictadura populista, que acosa y persigue a la oposición y encarcela a sus opositores. No es necesario tampoco citar a Podemos.

España se encuentra al final de un ciclo político y se enfrenta a una probable solución de continuidad política y constitucional, una más en nuestra historia. Sin embargo, debemos tener mucho cuidado, porque, como hemos tenido ocasión de comprobar, no todas las soluciones de continuidad suponen soluciones para los graves problemas que pueden poner en peligro incluso a democracias más consolidadas que la nuestra.