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El suicidio fiscal – Por Aurelio Abreu Expósito

   

Como le gusta repetir al siempre previsible Mariano, uno no se puede gastar lo que no tiene. Por eso la reforma fiscal que ha presentado Cristóbal Montoro hace unas semanas chirría de mala manera. Porque reduce tanto los ingresos del Estado que uno se pregunta cómo se va a invertir lo que se tiene que invertir en mantener los servicios que prestan las Administraciones públicas. A no ser, claro, que el objetivo sea dejar de prestarlos porque no hay dinero. Esto no es una reforma fiscal. La verdadera reforma fiscal ya se hizo en 2012, según llegó el PP al poder, y consistió en subir los impuestos a las rentas del trabajo, los indirectos como el IVA, las tasas, los copagos y sin descuidar en ningún momento el favorecer a los defraudadores con una amnistía fiscal que ya hemos visto todos para lo que sirvió: para recordarnos que en temas de impunidad, aún hay clases.

Ahora se anuncia entre aleluyas una bajada de impuestos que nos hará más ricos y más felices porque pondrá más dinero a nuestra disposición para consumir y mover la economía. Sólo que no es así en absoluto. La rebaja no cubre ni de lejos la subida, y la situación con respecto al punto de partida sigue siendo desfavorable. Pero que no falte la fanfarria para hacer creer a los ciudadanos que una reforma fiscal en la que las indemnizaciones por despido tributan es un regalo que hay que agradecer en las urnas.

La reforma fiscal que planteamos los socialistas es muy distinta. Para empezar, entendemos que no es necesario subir los tipos a las rentas del trabajo, sino perseguir a quienes aprovechan los huecos del sistema para no pagar o pagar menos impuestos de los que les corresponden, como ocurre con grandes patrimonios y grandes corporaciones de nuestro país. Los impuestos deben ser justos y progresivos, que pague más quien más gana. Así de sencillo.

La tributación por renta y patrimonio puede unificarse, otros países como Holanda ya lo hacen. De esta forma, se paga cada año por la rentabilidad de toda la riqueza patrimonial, sea mobiliaria o inmobiliaria, y con independencia de dónde esté invertida. Con ese sistema, se refleja con más exactitud la capacidad económica de los sujetos y se distribuyen también de forma más justa las ayudas y prestaciones.

El sector financiero está, en buena medida, en el origen de la crisis. Y está también entre los beneficiarios de las medidas para salir de la crisis. Pero donde no le vemos es en la aportación para esa salida. Meten al Estado en el jaleo, le piden que le saquen del jaleo, y no contribuyen en nada; la propuesta que hacemos los socialistas es que sí contribuyan, a través de dos nuevos impuestos: uno que grave el pasivo de las entidades y otro que grave los bonus y las retribuciones.
Éstas, y otras medidas que planteamos desde el PSOE para una verdadera reforma fiscal, tienen por objetivos aumentar los ingresos, corregir las deficiencias que el actual sistema plantea y favorecer el crecimiento económico. Los servicios que presta la Administración deben financiarse con el dinero público; mucho tememos que el PP haya emprendido el camino de renunciar a la recaudación para poder privatizar servicios a los que el sector público ya no pueda hacer frente por pura inanición presupuestaria.

La reforma fiscal del PP es una trampa suicida para el Estado (y más para un Estado cuyas cuentas vigila Bruselas con lupa). Hay otro camino en materia de fiscalidad, donde todos seamos, en la medida de nuestras posibilidades, mantenedores del sistema, de forma justa y progresiva. Ése es el que el PSOE propone.

(*) VICEPRESIDENTE DEL CABILDO
DE TENERIFE. (@aurelioabreutf)