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después del paréntesis>

El templo – Por Domingo-Luis Hernández

   

Desde las vanguardias a esta parte la arquitectura se arroga el papel supremo de las artes, antes conquistada por la música y la poesía. La sublimidad de la música (supremo Bach) y de la poesía (sublime Juan de la Cruz) asumen el disfrute particular de lo maravilloso. La arquitectura, como las imágenes únicas llamada pintura, se arrima al valor contable, al precio, a la distinción. De lo cual se deduce que si prodigio, también el ingenio se arrastra por lo siniestro (arquitectos escultores, se dice, Calatrava y allegados, con penachos sin función expresa, interiores extravagantes, molestos y un escenario que cumple parcamente con su función, Auditorio de Tenerife).

Por eso cuando uno contempla el Templo Expiatorio de la Sagrada Familia, recula. Nos percatamos de que quien proyectó tan soberbio edificio debió ser un religioso convencido, como lo fue. Pero cabe oponer a ese asiento lo que los templos (de todas las religiones) son y han sido a lo largo del tiempo: fruto del canon normativo de las Iglesias, en tanto lo preceptivo es cumplir con semejante requisito.

Este templo sí, este no. Alguien que consuma semejante construcción con tres fachadas (Nacimiento, Pasión y Gloria) y tres pórticos (Caridad, Esperanza y Fe) desorienta la repetición incondiconal. Se añade a lo dicho la relectura del gótico con las inmensas torres circulares (los cambios de sentido en las escaleras como cumbre), el remate excelso de la central (la más alta y abigarrada, ya en construcción, y dedicada a Jesucristo), la manifestación de Jesús, la Virgen María, los Apóstoles, decenas de esculturas y símbolos (de índole religioso y también numérico), frases exlamativas, frutas, flores, círculos en la argucia del Modernismo… Geometría, volumen, imaginación, sin que esté ausente una de las obsesiones de Gaudí: la naturaleza… Y de la contemplación se llega a la conclusión: prodigio alucinante en atención al genio, cual aducimos al ver y pasear por las obras de los verdaderos arquitectos del moderno: Moneo, Siza, Herzog & De Meuron… Eso es, eso declama Gaudí en su propuesta expresa, sincera, concreta, sin tapujos, ni preponderancia, ni soberbia; el genio comprometido con lo que se es, como persona, como creyente, como arquitecto.

Cual ocurre en los casos vistos (el Museo Nacional de Arte Romano de Mérida, el Museo de Arte Moderno y Arquitectura de Estocolmo…, de Moneo) lo decorativo no se pelea con lo funcional; lo que se persigue es trasladar la astucia, la personalidad, la proyección en belleza hacia la estructura óptima del edificio.

Y el ser en su todo es el que diseña el artefeacto dicho. Un artefacto que no arruina lo que el individuo es, ni arruina ni condiciona lo que la arquitectura es: construcción para habitar. El sutil andamiaje de elementos (cerámica, vidriería, forja de hierro, carpintería…) proclama la armonía: el interior plagado de luz, la sublime paz, la altura de las bóbedas que recuerdan el cielo, la monumentalidad exquisita del exterior… Todo invita a compartir, invita a confabularnos con el autor, del modo en que las artes espaciales proclaman, aunque no seamos creyentes.
Eso es arte, no las pretenciosas, confusas, deplorables e inadecuadas edificaciones de algunos supuestos artistas que nos rodean.