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Tomás Padrón – Por Luis Ortega

   

Llámame de cualquier modo menos periférico, me pidió cuando, con su entonces correligionario Juan Padrón, vetó los presupuestos de la Comunidad amparado por el Estatuto de Autonomía de 1982. Fue un mero aviso -porque, horas después, se aprobaron las cuentas canarias-, pero desde la I Legislatura los aparatos de los partidos mayoritarios tomaron nota del logro político que, por primera vez en la historia, igualaba los rangos de las islas, más allá de superficie, demografía e intereses y, a partir de entonces, actuaron en consecuencia. (Es decir, evitaron por todos los medios a su alcance -lícitos, claro- que cristalizara la igualdad legal de escaños y votos de “las capitalinas y las otras”). Con la legitimidad de las urnas, Tomás Padrón Hernández, ingeniero industrial y director insular de la fagocitada Unelco, ejerció un liderazgo pragmático en la Agrupación Herreña Independiente que, desde su hora cero, reclamó la compensación de la carencia de infraestructuras y servicios en las llamadas periféricas para asegurar el equilibrio social del Archipiélago. Fue su conditio sine qua non para el gobierno diario y el compromiso común de sentar las bases del futuro. Hoy podemos afirmar que sus socios y opositores supieron bien quién era y cómo se las gastaba este piñero de talante cordial, negociador con tanta cintura como inflexibilidad, según las circunstancias y el interés general de su territorio; líder insular acreditado por la inteligencia y, a la vez, la sagacidad para hacerla útil y rentable, sumó siete mandatos en el Cabildo Insular (desde la elección democrática de 1979 hasta 1991 y cuatro entre 1995 y 2011) y tres legislaturas en el Parlamento de Canarias, desde 1987 a 1995. Insobornable en su demanda de “la solidaridad como derecho” y no como concesión graciable de “las ricas a las pobres”, su gestión discurrió entre el pragmatismo y la ilusión con la que se apuntó los mejores logros para la Isla del Meridiano. El último le sacó de su retiro en Echedo y le puso, con toda justicia, en el primer plano de la actualidad porque, contra las dudas que acompañaron el proyecto desde su nacimiento, y los escasos alientos recibidos en sus albores -destacamos el de su amigo Ricardo Melchior- Gorona del Viento dejó de ser un sueño y como iniciativa pionera demuestra que, en áreas localizadas y con condiciones climáticas favorables, el autoabastecimiento mediante energías renovables ya no es una utopía. Afortunadamente, la experiencia es exportable, pero necesita hombres con la fe y la constancia de Tomás Padrón para hacerla viable.