X
reflexión >

Virgen del Carmen – Por Juan Pedro Rivero

   

La gente del mar tiene mucho que enseñarnos. Las personas que han convertido el mar en fuente de vida, sea por la pesca o por el transporte de mercancías, y que pasan mucho tiempo de su vida sobre la inestable y móvil situación en la que cualquier barco funciona, tiene mucho que enseñar a quienes imaginamos estar en tierra firme. Entre otras cosas, nos enseñan el arte de confiar. No vemos el muelle pero, bien mirando las estrellas o esperando el buen funcionamiento de la brújula, confiamos que al final de la travesía aparezca. El arte de hacer flotar la confianza. Debemos saber que más del 80% del transporte de mercancías que usamos a diario se mueve a través del mar. Y eso es muchísimo. Cuando abrimos una puerta o encendemos el coche, cuando leemos un libro o cerramos la nevera, cuando nos enfundamos unas gafas de sol o nos comemos una lata de sardinas, detrás de esas acciones normales, hay hombres y mujeres del mar que pasan la mayoría de su tiempo laboral, anónimos y muchas veces mal pagados, sobre las aguas del mar. Anónimos y, muchas veces, sin aquellos derechos fundamentales que reivindicamos sobre el suelo firme de nuestra sociedad civil. Ayer, como todos los 16 de julio, en muchísimos puntos de nuestra geografía insular, muchos cristianos devotos han embarcado la imagen de la Virgen del Carmen. Han subido a una embarcación convirtiendo en marinera a la Madre de Jesús, en Señor. Pidiendo protección, compañía, alivio en la dificultad y buenas travesías. La patrona de los mares, la Stella Maris que guía a buen puerto la vida de los amigos de su Hijo. Y esas escenas de piedad popular marinera nos deben despertar del olvido en que tenemos a tantos hermanos nuestros que viven arrancándole al mar el medio de vida y ofreciéndonos a los demás las posibilidades de progreso y desarrollo.

El delegado diocesano de Pastoral del Mar nos contaba, no hace mucho tiempo, cómo estuvo ingresado en un hospital de Santa Cruz un ciudadano filipino que, enfermo y sin familia, afrontó la muerte lejos de su tierra y en una soledad terrible. Nos contaba también la dificultad que existe para encontrar sacerdotes católicos o ministros de otras confesiones cristianas que quieran atender a tripulaciones que por más de seis meses viven de continuo en alta mar. Son realidades que desconocemos porque no las vemos, ni de ellas se hacen eco los medios de comunicación. Pero están ahí cuando cerramos la nevera, abrimos un libro, nos comemos una lata de sardinas…

*RECTOR DEL SEMINARIO DIOCESANO
@juanpedrorivero