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Vivir duele – Por Carmelo J. Pérez Hernández

   

Quienes han sufrido entienden mejor la vida. Los que han experimentado el dolor y la desolación son más sabios, a no ser que la contrariedad haya acabado con ellos. Cuando se sufre, es cierto que algo se rompe por dentro y que nunca más se vuelve a ser el mismo. Pero sólo entonces se adquiere pleno conocimiento de lo que es peregrinar por este mundo. En estos tiempos que compartimos se tiende a esconder la cara más amarga de la vida: se aleja a los muertos del centro de los pueblos y las ciudades y se evita pronunciar el nombre de las grandes enfermedades, esas que arrasan la alegría. A cambio, se promocionan el gozo de metacrilato y las esperanzas de corto de recorrido. Al final, vivir de espaldas al sufrimiento es vivir a medias. No es que Dios ame el dolor o que nos invite a buscarlo porque sea bueno en sí mismo. Ambos pensamientos son desatinos contrarios a la fe. Lo que sucede es que el dolor existe con una fuerza arrolladora y que tenemos una cita irrenunciable con él: la pérdida de las personas que queremos, el quebranto de nuestros sueños, el desmoronamiento de lo que somos por fuera, el anquilosamiento de lo que somos por dentro. Vivir duele. Aceptar que la vida también es esto, que cuando nacemos empezamos a morir, nos ayuda a reconciliarnos con la existencia y a afrontarla con un realismo que nos construye. Es más, hacerlo se convierte en una fuente de sabiduría, en una vacuna contra el abatimiento. El que busca entender lo que sucede sin anestesiar la verdad, el que no aparta la vista ante el dolor propio y el ajeno, ése sabe vivir. Lo contrario es jugar a estar vivos, porque en esta orilla de nuestra vida no hay opciones: tarde o temprano atardece. Querer vivir en un mediodía eterno, instalarse en esa ilusión de un sol perdurable, es un fracaso de la madurez personal y de la sensatez que debiera acompañar a la fe. Aceptar que este barro que somos a menudo tiembla es asumir la verdad y estar preparado para no desmoronarse ante la primera contrariedad.
La “gente sencilla” entiende este misterio. Es el término que elige Jesús para diferenciarlos de los “sabios y entendidos”. Sencillos son los que no se dejan encandilar por el espejismo de la eterna juventud y la alegría sin fin en esta tierra. Son sencillos quienes han aprendido a leer en su vida y en la de los demás la presencia de Dios, que no alardea de sus cuidados, sino que susurra sus verdades al oído de quien quiere escuchar. Los otros son falsos sabios y espurios entendidos. Son eternos escapistas de su propia verdad y de la realidad que les rodea. Su error es inventarse sus hermosas crónicas de Narnia para que animales de ficción aplaudan sus batallas perdidas.
“Venid a mí los que estáis cansados y agobiados”, dice el Señor. Y vivir ha de ser eso para un creyente. Ir. Acompañar a los que quieran ir. Descansar en una presencia que, si bien es cierto que no nos ahorra el dolor, es más verdad aún que nos levanta del polvo al hacernos experimentar que el barro que somos no tiene la última palabra.

@karmelojph