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Alberto Schommer – Por Luis Ortega

   

La unidad de propósitos y de formatos que alienta en Máscaras da rango mayor a una de las actividades puntuales del Museo del Prado y coloca al vasco Alberto Schommer (1928) en la cumbre de la fotografía española del siglo XX. La calidad intrínseca de sus trabajos, y la justa y exquisita selección de personajes -sobresalientes notables en todas las facetas cívicas, intelectuales y profesionales- que, de modo convencional, como siempre exigió el género, o caracterizados a su libre o cómplice capricho, posaron para él en los años apasionantes de la Transición, obraron el prodigio de transformar el celuloide y el papel baritado en argumento, objeto y cuerpo museísticos. Según sus palabras, su intención se orientó al rescate de las esculturas helenísticas y romanas y a sus exigencias de un realismo sin concesiones y, además, a un personal y sentido homenaje a trece maestros españoles que, desde el siglo XVI, en la consagración renacentista, hasta principios del XX, en la proximidad o la distancia, siguieron las directrices establecidas por el singular Doménikos Theotokópoulos en sus representaciones frontales de bustos en espacios indefinidos, neutros y sin anécdotas, ni argumentos ni  trucos y con iluminación directa. Los cánones del Greco se convirtieron en aciertos personales para creadores tan distintos y lejanos en el tiempo como Luis de Morales o Francisco Domingo que, por la creatividad sin petulancia y el buen oficio de Schommer, conviven armoniosamente en el Claustro de los Jerónimos, la necesaria y espléndida ampliación del Museo del Prado.  La exposición que se extenderá a septiembre -conjuga  la solvente apariencia del gaditano Rafael Alberti con la poderosa madurez del maño Francisco de Goya, la inquisitiva imagen velazqueña de Luis de Góngora -“una esquina para cualquier mirada”, según su enemigo político y literario Francisco de Quevedo- con la sabia gravedad de Francisco Ayala, la inteligente displicencia de López Aranguren y la tímida cordialidad de la galerista Juana  Mordó, personaje capital en la actualización plástica de un país aislado. Formado en Francia y Alemania y Premio Nacional de Fotografía en 2013, el fotógrafo ascendió a un lugar de privilegio en las artes visuales de la pasada centuria y sus trabajos, desde la ajustada verdad que no necesita asideros ni afeites, son capitales -y lo serán aún más en el tiempo por venir- para saber quiénes, cómo éramos y cuánto y que quedó de nosotros en el inventario del pasado que no queremos, sabemos podemos o debemos cancelar.