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Bendita libertad – Por Indra Kishinchand López

   

Si ella fuera una palabra sería libertad. Fue lo primero que se me vino a la cabeza al pensar en su existencia y supuse que no debía rechazar aquel instinto. Ella era sincera, fuerte, valiente, comprensiva. Tenía cualidades que todos admirábamos y, sin embargo, nadie era capaz de designar vocablo alguno para definirla.

Yo escogí libertad porque la imaginé volando, como siempre. Fue su compromiso y no su soberbia, como algunos reclamaban, el que la hizo planear hasta donde fuera necesario. Había en la tierra gente que aún no conocía su nombre; ni siquiera su olor o su sabor. Había en esa misma tierra individuos que luchaban por ella de forma casi inexplicable para otros muchos, incluso para quienes ya la tenían. Ya se sabe que la posesión muchas veces lleva también al olvido. Todos los nombres de mujer sonaban ridículos en sus benditas caderas y todas las palabras insuficientes para ensalzar su labor. Ella, que había recorrido kilómetros a lo largo de los relojes de todo el mundo veía ahora como sus más sinceros defensores arañaban su moral de un modo muy poco sutil.

Me di cuenta entonces de que si fuera una palabra no sería libertad. Ni igualdad, ni justicia, ni siquiera dignidad. A día de hoy la democracia no tenía sinónimo ni compañero de viaje. Alguien la había dejado navegar en soledad, sin nombre y sin caderas.