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Bob Hoskins – Por Luis Ortega

   

La muerte de Robin Williams nos recuerda otra pérdida notable y nos prueba que resulta más cómodo unirnos al imaginario de nuestros hijos que pedirles que despojen a nuestros héroes de las telarañas que los rodean, sin que nosotros lo advirtamos o lo queramos reconocer. Rescaté de la videoteca ¿Quién engañó a Roger Rabbit?, dirigida por Robert Semeckis en 1988, nominada y premiada por efectos especiales y técnicos y logré que fuera la distracción de una tarde veraniega. Al rato, y tras observar a Bob Hoskins (1942-2014), los chicos me espetaron: ¡Anda!, es Super Mario. Como era previsible, su hallazgo cambió mi propuesta y la criatura, presentada en 1985 por Shigeru Miyamoto y erigida en un rentabilísimo juego de Nintendo, se adueñó de la sobremesa. Con más de diez millones de cartuchos vendidos, los fontaneros Mario y Luigi, su hermano menor, saltaron de la consola al celuloide en 1993, de la mano de Anabel Jankel y Rocky Morton y encarnados por el camaleónico personaje de esta columna y un desconocido John Leguizamo, que le siguió en sus andanzas por los mundos real y paralelo en pos de la antropóloga Daisy. Esa madrugada, y, en un canal católico, el actor británico dio vida a Juan XXIII, impulsor del Concilio Vaticano II, elevado a los altares por su sucesor, el actual Papa Francisco.

Formado en modestos escenarios de Londres y en repartos ocasionales, sus actuaciones en El largo Viernes Santo y, concretamente, en el thriller Monna Lisa (1986), con guión y dirección de Neil Jordan, le dieron reputación internacional, premios al mejor actor (Seminci, Bafta, Cannes y Círculo de Críticos de Nueva York) y su primera nominación al Oscar. Desde entonces y durante un cuarto de siglo (hasta 2012, cuando se despidió de su profesión a causa de la enfermedad de Parkinson) recuperó “el tiempo perdido” y apareció en más de cien títulos, entre la pequeña y la gran pantalla. Mostró su agudeza y admirable mutabilidad en dramas urbanos, comedias de enredo y cine infantil y dio réplica tanto a dibujos de animación como a personalidades del panorama mundial.
El pequeño Hoskins -que campó con su fresca naturalidad en textos de Shakespeare y Dickens- fue el gran representante del cine europeo de las últimas décadas; su figura rechoncha y su sonrisa bonancible compusieron un modelo singular que tan pronto se adaptó a libretos ajenos como reveló claves inéditas de verosimilitud y sensibilidad, virtudes necesarias y vigentes en cualquier manifestación del arte.