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después del paréntesis >

Los caminos – Por Domingo-Luis Hernández

   

Me contaron que habían tropezado con algunas diferencias, varias de poeta (de izquierdas y comprometidos los dos, pero uno canario y otro universal) y que eso los había distanciado incluso en el saludo. Mas este puñetero mundo es como es y la vida te da sorpresas. Así es que uno se fue a Buenos Aires para recorrer las calles del tango; el otro porque esa ciudad del Sur Sur de América venía bien a sus favores de empleado de Iberia y en el invierno de allí, que es el verano de acá, resultaba atractivo apreciar las diferencias. Les habían hablado, claro, del asado, de los libros en la calle Corrientes y de que el gran Goyeneche aún pronunciaba algunos suspiros en una sala típica porteña. Por ese lugar andaban, pues; y ocurrió lo que ocurrió en la céntrica calle Florida. Juan venía de Lavalle y Alberto de la zona de Retiro. “Adiós, Juanito”, dijo uno a su paso; “adiós, Alberto”, dijo el otro. Y siguieron su camino. A unos doscientos metros ambos se dieron un golpe con la mano extendida en la frente. “¡Caramba, Juanito”; “¡Caray, Alberto!”. Y retrocedieron. No se encontraron, pese a rastrear las librerías, los restaurantes y las tiendas de esa rica y ampulosa calle de Buenos Aires.

El azar; a favor o en contra, con sus múltiples esquinas. Todo resulta medido, para arreglar o para confirmar. De eso no te puedes escapar, porque el azar hace que las cosas sean inevitables.

La segunda historia que quiero rescatar me ocurrió a mí en Punta del Este, en Uruguay. También era invierno y en ese lugar de vacaciones, cerca de la frontera sur de Brasil, sólo quedan los rezagados y los trabajadores de mantenimiento de la infraestructura turística. Entré en un bar y jugaban con las barajas a lo que mi abuela y sus amigas jugaban los fines de semana sobre una mesita en las puertas de su casa. Le dije a los hombres que así procedían: “Ese juego de cartas se parece a uno de mi país”. El más antipático me lanzó una mirada con desprecio, acaso por interrumpirlos. Y porque nos confunden con chilenos, dijo: “En Chile no se juega al truco”. Orgulloso, lo corregí: “En Chile no, señor; en Canarias sí”. Al sujeto se le iluminó el rostro, dejó los naipes, se alzó de la silla y se aferró a mi hombro. “Che, mirá, aquí, a dos cuadras, vive un pibe de Canarias, de Puerto de la Cruz y echa mucho de menos a su tierra. Tenés que visitarlo”. Me acompañó hasta el portal, pulsó el timbre del interfono y dijo, cuando el otro contestó, “¡Sorpresa!” ¿Cómo podía explicarle a aquel hombre que mi interés sólo se centraba en la equivalencia de su juego con nuestra brisca y no a conocer la historia de un chico que se encontraba tan lejos de su lugar de origen? Imposible.

Volví a la estación, luego de un café parecido a nuestro café, de una charla efusiva sobre su Puerto de la Cruz y sobre mi Cruz Santa, sobre algunas anécdotas cercanas, sobre personas que ambos recordábamos, y regresé a Montevideo con la convicción de que nada para al azar, de que el caos se ordena milimétricamente superponiendo las desproporciones, que la suspensión del afecto entre Juan y Alberto era proporcional a la congoja de la chica que se quedó sin chico en El Puerto de la Cruz porque él decidió que ella no formaría parte de su vida y por eso, para salvar los enredos de la cercanía, habría de trasladarse al otro lado de la Tierra, para ser un desconocido, para que no reconocieran su faz ni la repitieran.

El mundo no es tan amplio como parece ser. Que dos coincidan en la calle más secreta de las ciudad más remota del planeta es lo propio.
Es cierto que dos no se encuentran si uno no quiere. En eso mandas tú, o quien sea. Pero si se enreda el azar…