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Carlos de Valois – Por Luis Ortega

   

Recorro con unos amigos la Sierra Norte de Madrid y me cuentan un programa de rehabilitación de núcleos históricos para integrarlos en una oferta de turismo interior basado en el paisaje, el senderismo y las casas de labor habilitadas para alojamientos. En ese proyecto llegó el turno de Gargantilla de Lozoya y Pinilla de Buitrago, agrupados en un municipio de veinticuatro kilómetros cuadrados y trescientos habitantes, cuyas raíces se localizan en los albores de la Reconquista -entonces el lugar estaba bajo el título y patrocinio de Santiago, el apóstol guerrero- y de las que sólo pervive un vetusto oratorio, otrora curato y, hoy, degradado a simple ermita por economía y demografía. Las faenas agrícolas y ganaderas, antaño su principal fuente de subsistencia, se reducen a unas familias y como muestras etnográficas para los viajeros sensibles que llegan atraídos por las vistas serranas y fluviales, la excelente comida y la cordialidad de sus moradores. En Pinilla destaca la iglesia de la Santísima Trinidad, obra renacentista encastrada en una cáscara de mampuesto y, en Gargantilla, que figura como núcleo central, el afecto y los fervores se dirigen al fundador de los benedictinos y Patrón de Europa. Titular del templo principal y mejor dotado, San Benito tiene celebraciones en la primavera -el 21 de marzo se recuerda la muerte del iniciador de la vida monacal de Occidente, con atención especial para los niños; por San Benitín se la conoce- y en el verano, con rango de fiesta mayor y una amplia relación de regocijos y juegos campesinos. Durante un grato fin de semana recorrí los alrededores y, en la explanada del cuidado cementerio, escuché que allí ocurrió un curioso episodio de la verdadera y triste historia de Juana, Reina de Castilla y Portugal, llamada por sus enemigos la Beltraneja; según me contaron dos amables e ilustradas comadres, allí se celebró su boda por poderes, y nunca consumada ni confirmada, con el Duque de Guyena, hermano de Luis IX de Francia, con el que estuvo en lucha permanente hasta poco antes de su muerte, cuando sólo contaba veintiséis años. Carlos de Valois (1426-1472) jamás pisó España ni conoció a la que, durante unos meses, sería su esposa, pero su recuerdo de doncel rebelde y ambicioso quedó unido a estos hermosos parajes, cuyos vecinos, hartos de los abusos del Duque del Infantado, lograron emanciparse en 1753 por la comprensión del sabio y prudente Fernando VI y, ya en el primer cuarto del siglo XX, obtener de Alfonso XIII su largo y sonoro título.