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Fiestas y zarzales – Por Wladimiro Rodríguez Brito

   

Estamos dominados por una cultura que solo entiende de precio, nunca de valor. Todo se mercantiliza, aunque, por suerte, dedicamos gran parte de nuestro tiempo a actividades que no tienen precio: la amistad, la solidaridad y un amplio campo de las relaciones humanas no son mercancía ni cotizan en bolsa. Nuestras vidas no pueden basarse únicamente en términos macroeconómicos de PIB o en principios económicos de optimización, rentabilización, globalización, deslocalización; la solución para nuestro pueblo no puede ser situarnos en costes salariales a la altura de Egipto, Ecuador, Guatemala o Marruecos.

Las fiestas han sido y son lugares de encuentro social y cultural. Las dificultades en el día a día, las carencias de nuestra sociedad, y nuestras tradiciones religiosas han impregnado siempre nuestras celebraciones con solidaridad y compromiso con los más débiles. En el mundo rural la fiesta no ha sido solo un lugar de encuentro, sino una manera de dignificar el trabajo y el esfuerzo; eran lugar de reconocimiento al buen hacer, a la cosecha, y a los productos del campo. En una sociedad donde la sabiduría popular se transmitía de padres a hijos, donde lo económico no era lo principal, las fiestas de los pueblos eran puntos de reconocimiento al mejor agricultor, al mejor ganadero y a los que tenían un mayor compromiso social.

Ahora en los programas de las fiestas apenas cuenta el mundo rural. Dominan en las celebraciones el consumismo y el gasto económico, elementos de cultura de masas y globalización. Lo pequeño, lo local no cuenta y en consecuencia la fiesta no contribuye a dignificar social y ambientalmente a los que trabaja la tierra; nos encontramos con una importante pérdida de valores de la cultura rural en nuestros pueblos. La Crisis, que parece que vino para quedarse, no anima los brotes verdes de un campo básico en el presente y futuro de esta tierra.

Contemplar las charcas de Tamaraceite y el barranco de Tenoya en torno a Teror en Gran Canaria, o los plátanos abandonados en Barlovento en La Palma, nos pone de manifiesto que la crisis tiene raíces muy profundas. Las vanas apariencias dominan incluso en las fiestas de pueblo, donde gran parte de las carrozas van enramadas con productos de importación, incluso con frutas de lugares muy alejados de Canarias, mientras los frutales de la localidad están cubiertos de zarzas, cañeras y tártagos. El esfuerzo de nuestros hombres y mujeres del campo no vale nada, ni tan siquiera para el día de las fiestas.

En un pueblo como Barlovento en La Palma ha comenzado el abandono de pequeñas fincas de plátanos, que han dejado de regarse en el último año. Los actuales precios y la falta de relevo generacional hacen que uno de los municipios más ricos de agua y tierra de Canarias pierda población, abandonándose suelos sorribados hace menos de sesenta años para cultivar plátanos.

A día de hoy, se paga cada kilo de plátanos con 0,40 euros al agricultor, a la que le debemos incorporar 0,35 euros de ayuda europea. Una familia vivía con algo más de 20 toneladas de plátano al año, que podían ser más de 166.000 pesetas al mes; en estos momentos se ha quedado con menos de 7.000 euros anuales por explotación. La situación tiene visos de empeorar, ya que las multinacionales presionan para bajar más los aranceles; estamos compitiendo con jornaleros de Centro y Sudamérica que cobran menos de 200 dólares al mes.

Tenemos que entrar y sembrar una cultura de ayer que tiene que ver mucho con el futuro para evitar que nuestro territorio continúe perdiendo puestos de trabajo y aumentando la marginación social. Necesitamos un modelo alternativo para resolver los problemas de Canarias, dando un giro cultural que involucre la escuela, los medios de comunicación, la familia y todas las instituciones. Nuestras fiestas son un símbolo, manifestación cultural de nuestra identidad: es fundamental que las fiestas dignifiquen al mundo rural y el esfuerzo, el trabajo, que den importancia a la solidaridad en una sociedad menos mercantil. Las romerías del Pino o del Rosario en Barlovento y tantas otras fiestas de este territorio han de contribuir a un modelo social más anclado en nuestro entorno y nuestra realidad, más solidario.

*Doctor en Geografía de la Universidad de La Laguna