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EL FIELATO >

Fotos – Por José David Santos

   

Tras las vacaciones, la única posibilidad que antaño tenías de verte sometido al tormento de que tus amigos, familiares o conocidos te relataran exhaustivamente cuándo, cómo y dónde se lo habían pasado fantásticamente bien era mediante una cita con pase de fotografías, diapositivas o, los más atrevidos, vídeos. Los había detallistas, como un colega que una vez nos sometió a un pase con infinidad de fotos acompañadas cada una de ellas por el relato histórico, e incluso arquitectónico, de todo aquello ante lo que habían posado o, simplemente, retratado. Estaba el caso también de aquellos que te enseñaban las fotos y no se acordaban de ninguna referencia -se les agradecía la brevedad- y los que, aún siendo amenos, te destrozaban tu idea de ir a este u otro sitio. Uno sucumbió a esa tentación alguna vez… y pese al sopor propio y ajeno, esas reuniones, pasado el trance, se convertían a veces es una excusa para reencontrase y, sobre todo, salir de fiesta tras la pertinente cena y primera copa. Ahora, ni eso. El mundo de las redes sociales acabó con ello. En este mes de agosto laboral mi muro y mi timeline está saturado de imágenes -y algún que otro vídeo- de las vacaciones (no sé cuál es el motivo, por cierto, de dejar para la posteridad tanto pie al borde de la piscina o platos de comida de todo tipo) no ya de mis amigos y familiares, a los que soporto sus fantásticas -todas la son, por si no lo sabían- vacaciones, sino de un sinfín de personas con los que por unos motivos u otros comparto trozos de ciberespacio social. Y uno de los efectos secundarios negativos de tanto París, sabana africana, Médano, la albufera valenciana, Tailandia o los valles pirenaicos es que el interés por viajar, por conocer mundo, se desinfle ante el efecto selfie y el “qué maravilloso lugar”. Creo que ese desinterés nace también de la decepción de haber visitado lugares de leyenda y sentir que “no era para tanto” o que las expectativas eran muchas. Solo pondré un ejemplo: Venecia. Para mí una ciudad sobrevalorada, en la que sí estaban los canales, las góndolas, la plaza de San Marco, etcétera, pero nada de lo que uno se había imaginado. Y es que construimos venecias desde la literatura, el cine, la música o los relatos de los que fueron antes y la describen como “extraordinaria; tan romántica…”. Pero no, allí éramos una turba de turistas inadaptados en una ciudad que un día, seguro, fue esplendorosa. En mis próximas vacaciones intentaré, al menos, no engañar (me) con ningún filtro de Instagram y contarles a los que quieran escuchar que se me olvidaron las fotos, pero que “podemos quedar un rato y así nos vemos”.