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Hieronymus Bosch – Por Luis Ortega

   

En vida nadie dudó de su originalidad, premiada con una clientela rica e ilustre y, tras su muerte, su fama subió como la espuma, ajena a tumbos de comercio y moda. Con raíces germanas, hijo y nieto de pintor, su condición de segundón le hizo cambiar su apellido -Bosch, en honor de la capital norteña de Brabante, por Aken- a la vez que latinizó su nombre: Hieronymus. Conoció el oficio en el taller familiar pero sus referentes en la distancia fueron los maestros de la Escuela Alemana Martín Schongauer, Matthias Grünewald y Alberto Durero. Heredero de la cultura medieval, mediana entre la fe y el miedo, el ocultismo y la magia, mantuvo actitudes éticas que anunciaron la Contrarreforma que, medio siglo más tarde, plantó el Papa de Roma como un dique de contención de la ola protestante. Así se explica el signo sobrecogedor y ejemplarizante de sus cuadros, concebidos con imaginación torrencial y llevados al paroxismo para fijar su carácter catequético, y el éxito de los mismos en las cortes europeas con obediencia católica. La singularidad, potencia y radicalidad de sus argumentos, las muestras escatológicas de los vicios y virtudes, la delimitación del mal y del bien, la caricaturización del primero frente a la naturalidad propia del segundo, los efectos de uno y otro en las criaturas débiles y sin voluntad para enfrentarlos, la transgresión de normas y formas y la provocación ‘con fines piadosos’, eclipsaron para la historiografía y la crítica su aportación técnica al desarrollo de la pintura en los Países Bajos. Porque Hieronymus Bosch (c. 1450-1516), si bien mantuvo la costumbre nórdica de realizar un detallado proyecto de la obra, una larga estancia en Venecia le supuso el conocimiento de ‘la pintura alla prima’, con la que, tras las primeras pinceladas sobre el soporte, se aplicaban sucesivas capas sobre otras todavía húmedas. En ese procedimiento y en la innovación de los colores que, imbuidos de las gamas italianas, fueron más diversos y alegres, radica la faceta menos comentada de un genio del arte universal, reverenciado en Hertogenbosch, donde se conservan notables trabajos y en cuyo Museo de Bellas Artes se puede contemplar una epatante colección de ‘copias y recreaciones’ de seguidores que, al socaire de su prestigio, le imitaron en vida y después de muerto. Enterrado en la Catedral de San Juan el 9 de agosto de 1516, sus compatriotas preparan una exposición antológica para el V Centenario del primer europeo que pintó un drago canario, nada menos que en El Jardín de las Delicias, su tríptico más valioso y conocido.