X
nombre y apellido>

Jacopo Pontormo – Por Luis Ortega

   

Volví a Toledo, porque la obra torrencial del Greco necesita tiempo y pausa y la ida y vuelta en Ave la ocupé con una monografía básica de otro manierista, Jacopo Carucci (1494-1557) que, entre el elogio y la descalificación, en su vida y en los siglos siguientes, sus coetáneos y los críticos consideraron diferente. Con el recuerdo fresco de una exposición de dibujos, patrocinada por la Fundación Mapfre en su sede de Madrid, me enfrasqué en sus asuntos y preocupaciones, en la apasionante originalidad de un creador que, por desgracia, no está representado en las colecciones públicas y privadas de España. Como otros colegas y coetáneos cambió su apellido por el patronímico Pontormo, en honor del pueblecito de la Toscana, cercano a Empoli, donde nació. Huérfano desde la infancia, fue acogido como aprendiz por Giorgio Vasari y pasó sucesivamente por los talleres de Leonardo da Vinci, Albertinelli, Piero de Cosimo, Rosso Fiorentino y Andrea del Sarto; más tarde se interesó por la vertiente pictórica de Miguel Ángel y por los grabados de Durero, en su interés por el exigente dibujo que caracterizó a la llamada Escuela Nórdica. De todos ellos aprendió técnicas y recursos y, también, desechó modos en su arraigada voluntad de construir un estilo propio. Florencia fue su escenario de trabajo y la familia Médici se erigió como su mejor cliente y generosa protectora. En la pintura de caballete se contabilizan más de cincuenta trabajos, en su mayoría en la Galería de los Uffizi y, además, en Londres, París e instituciones privadas de Estados Unidos; como fresquista y dibujante demostró la singularidad del maldito que sólo cosecha elogios encendidos o ácidas críticas. Se trata, sin ninguna duda, del más original de los manieristas italianos cuya influencia se proyectó en diversos movimientos contemporáneos. Retraído y neurótico, tal como lo retrato Giorgio Vasari, traspasó su ideología y excentricidades a su obra, en composiciones de arriesgados equilibrios, grupos numerosos con personajes en actitudes contrapuestas y retratos de inquietante penetración que fueron una revolución en su tiempo y el anticipo de los logros más valientes del barroco. Sus obras sobre papel -grafito negro y lápiz rojo y algún que otro aguafuerte- superan el carácter de idea, boceto o diseño, y son pruebas excelentes de un creador decisivo en la evolución del arte por encima de las imposiciones de mecenas y compradores circunstanciales y de las modas puntuales que, ayer como hoy, uniforman periodos y personajes de la historia.