X
TRIBUNA >

Ni es el momento ni es el lugar – Por Andrés Aberasturi

   

Uno tiene escrito aquí mismo hace ya tiempo que la deriva soberanista de Mas terminaría solucionándose con dinero y un trato preferente por parte del estado central a esa comunidad. Ignoramos casi todo de lo que se habla entre cajas pero este rompecabezas no tiene fácil solución. Para empezar estamos discutiendo sobre un posible referéndum absolutamente ilegal y que sólo sería concebible si la pregunta se hiciera a las dos partes, a los catalanes y al resto de los españoles. Pero de eso ya se ha hablado hasta la extenuación. Lo que tal vez se está negociando ahora -bajo la fría sombra de un patriarca evasor, una familia presuntamente corrupta al menos en parte y un partido que nunca ha explicado lo del famoso 3%- lo que ahora tal vez se está negociando, insisto, es el precio que todos vamos a pagar a cambio de un no-referéndum -que será temporal- y las consecuencias que semejante trato preferencial traerían consigo. De entrada volveríamos al origen de los muchos males que arrastró aquel no previsto pero lógico “café para todos” de una transición que solo pretendía salvar el escollo histórico vasco, catalán y gallego. Una cosa era descentralizar la administración y otra muy distinta en lo que devino todo aquel intento. Pues si al final se negocia con Cataluña una serie de ventajas o cesiones, entraremos en la misma rueda absurda porque, naturalmente, todas y cada una de las autonomías exigirán idéntico tratamiento en un tiempo, además, que es el menos propicio por la sencilla razón de que no hay dinero. Y esto la sabe el Gobierno, lo sabe el PSOE, lo imagina el PSC y lo debe tener clarísimos el PSA que tanto monta. Por eso ofrecen una solución federal que no terminan de explicar porque sencillamente no pueden; una España federal seguiría con los mismos problemas que tiene la España autonómica en incluso podría agudizarse la insolidaridad territorial. El problema de los nacionalismos es que necesitan diferenciarse del resto de los estados federados, tener otro estatus, sentirse diferentes a los demás y tratados de una forma -si se me perite la expresión- desigual por favorable. Nunca se acabaría el problema porque siempre se querría dar un paso más que inevitablemente chocaría con el interés común del resto de los estados que volverían a reclamar ese paso también para ellos y vuelta a empezar. Y todo esto mientras los parados siguen siendo dramática legión, la deuda española se acerca al millón de millones y la solución de los partidos progres es -aunque parezca increíble- la de no pagar. Ni es el momento ni España ni Europa son los lugares propicios para mantener viva y cada vez más violenta la llama de un imposible independentismo. Pero es lo que sostiene a una clase política en Cataluña y, desgraciadamente, no van ni a renunciar ni a aparcar esa bandera izada a deshora en el lugar hoy por hoy menos propicio.