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Noel Daniel – Por Luis Ortega

   

En el Trastevere compré la versión italiana de Los cuentos de Hans Christian Andersen (Taschen, 2013) que une al diseño de Noel Daniel, la creativa editora de textos infantiles, la traducción del cineasta Jean Hersholt de 1942, que universalizó a su compatriota, y las ilustraciones realizadas, entre 1840 y 1980, por artistas como Arthur Rackham, Kay Nielsen, Tom Seidmann-Freud y Lotte Reineger, entre otros. En el balcón del hotelito, que muestra una manzana urbana y un meandro del río romano, repaso las estampas, con la televisión de fondo que vincula el escándalo del puente veneciano, con otro incidente judicial en Castellón del arquitecto más rico y polémico de España. Ante El traje nuevo del emperador -paradigma de la vanidad sin medida, la torpeza suma y la estulticia eterna- veo en el chamarilero de lujo, al sastre que, en vez de un atuendo único y bien pagado (o sea, una gran mentira por una sola vez, un pufo sustancioso), vende aquí y allá, chaquetas, calzones, camisas, calzoncillos e inútiles sombreros a una legión de tribunos aquejados por la tonta pandemia que les hace caer rendidos ante el cantamañanas.

Como en el relato, el fiasco y el cabreo, cuando un niño -léase conciencia limpia conciencia y sentido común- grita que el soberano está desnudo y el estafador fuera del alcance de su ira y vergüenza. A base de cara dura, eficaz dialéctica, contactos y cadenas de favores, como los convidados gorrones, Santiago Calatrava entró en la historia para quedarse. Será la justicia la que determine, a su hora, si existen causas oscuras en sus múltiples y millonarios encargos y, en su caso, de qué forma quedará el personaje en los manuales. Este recordman de los reformados y los sobrecostes, valdría como símbolo de la irresponsabilidad de derrochar, en fugaces baratijas de nuevos ricos, los activos del ciclo de las vacas gordas para actualizar, poco después, con niños hambrientos y desahuciados, la triste historia de la cerillera, separada de las peripecias del jefe megalómano y del mercader avieso por apenas una docena de páginas.

En una pausa, contemplo la maqueta de un edificio repetitivo y que nunca se realizó por la que se pagaron dos largos millones de euros y la adenda veneciana, la demanda sustanciada por una obra innecesaria, discutida desde su anuncio y que, como tantas otras, muestra preocupantes signos de riesgo, fragilidad e incomodidad, amén del gravoso mantenimiento y los consabidos desfases presupuestarios, siempre al alza.