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Patrias – Por José David Santos

   

“Mi patria no es el mundo; / mi patria no es Europa; / mi patria es de un almendro / la dulce, fresca, inolvidable sombra”. Estos versos del poema Canarias son, quizás, lo más conocido de Nicolás Estévanez Murphy, político, poeta y militar canario del que ayer se cumplían cien años de su fallecimiento en París. Se dice que Estévanez es uno de los padres del nacionalismo canario, aunque su destacada figura política en España en el ocaso del siglo XIX lo entronca, sobre todo, con el republicanismo, aunque es cierto que llegó a solicitar la autonomía de Canarias y Cuba. Ahí están los libros de historia que recrean su trayectoria, pero me quedo hoy con el poeta. Y es que en la curva de Gracia, en La Laguna, vio Estévanez aquella sombra que hacía patria en lo que era su hogar de la infancia. Llegó incluso Unamuno a trazar desde el poema toda una disección política sobre el federalismo y el universalismo para censurar la postura ideológica de Estévanez. No soy de lecturas poéticas, pero me resisto a pensar que para el militar que abandonó la carrera, el político y el poeta aquello de “la dulce, fresca, inolvidable sombra” fuera simplemente una metáfora para hablar de Canarias. Ahí habitaba el recuerdo de la infancia, de una imagen única, perenne, para un ser humano y que, como he dicho otras veces, solo la poesía la hace aún más real. Todos, así, tenemos nuestra patria, la verdadera, la que importa cuando todo se tuerce. Es la patria de otras sombras, como la de la alegría e inocencia de los seis años de Andrea; el abrazo de un primo tras veinte años sin verlo; el perfume de la casa de tu madre; la risa imprevista de un amigo; el calor compartido al despertar; los rostros olvidados… Ayer -a la hora que escribo no se han celebrado los actos oficiales- se habrá hablado mucho, y seguramente bien, de Estévanez y poco del Nicolás que una mañana se percató de que aquel cobijo fresco del almendro era su patria, una de ellas.
En nombre de la patria se matan también poetas; o esa es -era, porque el poeta ya no es peligroso- la excusa. Federico García Lorca fue asesinado por patriotas sin patria, aquella que, como Estévanez, sí existía entre las fronteras de sus versos. Porque, como escribía ayer Antonio Lucas en El Mundo, “algunos aprendimos de Lorca que la poesía no era cosa de huyentes, sino un desafío muy atento. Y que dentro de un poeta cabe la Historia, con su crimen y sus destellos”. Añado que caben, incluso, patrias.