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Las reputaciones – Por Saray Encinoso

   

“Me necesitan. Necesitan que alguien les diga qué pensar”. Javier Mallarino, un prestigioso caricaturista colombiano, excusaba así ante su mujer su desmedido afán por hacer dibujos justicieros cada día en las páginas del periódico, con independencia de que su vocación originara alguna amenaza a la familia. Entonces su hija aún era pequeña y él no había andado demasiados kilómetros en su camino hacia la popularidad. El tiempo, y la necesidad de entregarse a ese sacerdocio, terminó disolviendo su matrimonio; a cambio se convirtió en un analista venerado por todos en Bogotá. La caricatura de un congresista, dibujada tras la fiesta de inauguración de la casa a la que se mudó cuando se separó, fue la pieza clave que lo ensalzó como ejemplo nacional y encauzó, en parte, el resto de su vida. Pero 28 años después, cuando se adentra en la tercera edad y ese entramado estatal al que tanto criticó le rinde homenaje público, aparece una joven que cambia todos sus recuerdos y Mallarino se ve obligado a hacerse las preguntas que nunca antes se hizo: ¿Y si arruinó la vida hombre sin saber realmente qué ocurrió aquella noche? Y lo más importante: ¿de qué sirve tener la capacidad de destruir?
Mallarino es solo el protagonista de Las reputaciones, la última novela de Juan Gabriel Vásquez, pero el ejercicio de reconstrucción de la memoria no es una simple anécdota para hilvanar una historia entretenida. El texto del autor latinoamericano, que se inspira en caricaturistas de carne y hueso que en su época marcaron la actualidad colombiana (y española), nos recuerda que la memoria es plástica, que en nuestra mente no está escrito solo lo que sucedió: está lo que hemos decidido guardar, que a veces es real y otras veces es ficticio, y que por eso hay que tener cuidado con todo aquello que, como dice su autor, se escribe con más lápiz que bilis. Elegimos los recuerdos que conservamos, pero el presente no solo tiene la capacidad de orientar el futuro, también de reescribir el pasado. Eso sí, el tiempo que viene después de ese pasado no hay manera de modificarlo.

“Es muy pobre la memoria que sólo funciona hacia atrás”. Mallarino recuerda mucho esta frase durante esos días en que su pasado se transformó, pero no atina a encuadrarla en un libro o en un momento. Al final acaba reviviendo las repetidas noches que se sentaba en la cama de su hija y leía en alto Alicia en el País de las Maravillas. Entonces lo entiende todo. “Hacernos mayores es -como decía Vásquez en una entrevista después de publicar la novela- darnos cuenta de que es mentira la certeza que tenemos sobre nuestros recuerdos, que la memoria se puede modificar, que el simple descubrimiento de una carta puede cambiar todo nuestro relato”.

@sarayencinoso