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Las Rosas y Las Rozas, algo más que una ‘z’ – Por Wladimiro Rodríguez Brito*

   

La historia de las islas esta llena de ejemplos de una larga y rica convivencia del hombre con la naturaleza; cada vez que hablamos de nuestras chapas o nuestras morras utilizamos los nombres que les dieron nuestros antepasados, a veces fruto de la casualidad, a veces fruto de eventos externos, pero en muchos casos los topónimos oficiales son fruto de tradiciones y costumbres rurales, agrícolas y ganaderas que han pervivido hasta hoy.

Un ejemplo claro es el topónimo “rosa”, derivado de “roza”, donde el castellano en Canarias dejó la “z” al norte de Cádiz. El profesor D. Leoncio Afonso en el atlas de Canarias nos sitúa unos 80 topónimos con la denominación rosa o roza. Nos dice Don Leoncio que rosas significa desbrozar, eliminar vegetación, preparar tierras para cultivar e incluso quema de la misma para cultivar aprovechando las cenizas como fertilizante en nuestros campos. Las rosas dominan en las zonas forestales, pero también lo encontramos en espacios costeros o en las islas orientales donde la vegetación a eliminar eran cardonales, tabaibales, aulagas, sabinas o almacigos.

Tenemos rosas/rozas en las zonas forestales, pero también en nuestras costas y medianías, como por ejemplo en el noreste de Tenerife entre el Roque de Guañaque, El Rosario y La Matanza. Allí tenemos cuatro localidades con tal topónimo, lo que indica el peso de la lucha del hombre con la naturaleza para buscar tierras de cultivo en los lugares más fértiles, dejando el bosque para los puntos con peor suelo o topografía más difícil.

Por desgracia, muchos espacios naturales han recibido en los últimos años grados de protección ignorando la cultura del territorio y los usos que han hecho nuestros campesinos. Nos hemos olvidado no solo de consultar con la gente del campo, sino que hemos ignorado las reglas de la convivencia entre el hombre y la naturaleza a lo largo de la historia. La Ley de Armonización Ambiental que se esta hilvanando en el Parlamento de Canarias no corta con el excesivo número de trámites que las actuales leyes le ponen a nuestros agricultores para el uso del territorio; tampoco va a clarificar o a hacer más sencillos, con dispositivos claros y concretos, los usos tradicionales al hombre del campo. El actual borrador no van a sembrar motivación y razones para acercar a nuestra gente a un campo olvidado y maltratado, en el que las leyes anteriores han sembrado un zarzal de papeles y de burocracia.

Tenemos un caso de libro en el municipio de El Tanque, entre la Rosa Vieja y Las Troqueras, donde en el año 2004 un joven se animó a construir una granja en suelo rústico en una de las tierras más fértiles en el norte de Tenerife, el Llano Martín. Esta granja, que merece nuestro apoyo como oasis en el erial de nuestros campos, después de 8 años aún no se ha podido legalizar por los múltiples filtros que nuestra administración ha puesto sobre el terreno. En este caso se trata de suelo de protección forestal; a las más fértiles tierras de cultivo de las medianerías de Tenerife se le ha puesto una categoría que limita los usos tradicionales y básicos para trabajar y vivir en nuestro querido campo.

En un municipio que tiene más de un 40% de paro, donde no labran ni el 10% de las tierras cultivables, nuestra querida administración le pone complejos adjetivos al territorio y en consecuencia hoy los campos antaño cultivados son lugares ideales para un posible incendio con las viviendas rodeadas de matorrales, zarzas, hinojos, tojos, etcétera.

El hecho de que en Holanda haya casi una vaca por cada habitante, mientras que aquí tenemos una vaca por cada 100 personas, demuestra que es posible otro modelo ambiental y social. Necesitamos un marco de leyes claras, sencillas, que apoyen las actividades agro-ganaderas, que penalicen los campos balutos y también que garanticen unos precios mínimos a los agricultores. No podemos ni debemos continuar maltratando lo poco que aún nos queda de campo; las leyes que se elaboraron en la “época alegre” que protegen más a un lagarto que a un campesino, hay que cambiarlas por un marco que armonice al hombre y a la naturaleza, al trabajo y la solidaridad.

La seguridad alimentaria, los problemas sociales de paro, marginación, hambre, nos obligan a optimizar todos nuestros recursos. Las leyes que se hilvanan en estos momentos en el Parlamento de Canarias o las que importamos de Bruselas o Madrid no pueden continuar por los derroteros anteriormente descritos. No es lógico ni razonable seguir maltratando a los pocos campesinos que quedan en una tierra donde cerramos colegios unitarios en el mundo rural, donde apenas tenemos jóvenes que miren para el campo mientras en nuestras ciudades aumentan el paro y la miseria. Estos surcos de papel que hablan de la Rosa Vieja y las Troqueras, son una llamada para que la política ambiental, agraria y social cambie. En nombre del Medio Ambiente no podemos sembrar el “miedo ambiente”.

El documento que hilvana el Parlamento de Canarias tiene que dar alternativas a esta situación, tiene que escuchar a los hombres y mujeres del campo y no debe ser un documento para poner una “coma” o una “z” a leyes hechas en los despachos, cargadas de alegatos vacíos, que potencian zarzales y desidia en nuestro pueblos. Necesitamos que nuestros campos se aren y que nuestros jóvenes se queden, como el caso anteriormente citado; que no se tengan que alejar por unas leyes que les persiguen y les maltratan.

*DOCTOR EN GEOGRAFÍA POR LA UNIVERSIDAD DE LA LAGUNA