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Sin remedio – Por Indra Kishinchand

   

Eras de esa clase de tipos que se sube delante en el taxi, incluso cuando va solo. Incluso cuando ibas conmigo. No sé qué significaba aquel gesto; entiendo que tú tampoco, pero siempre pensé que querías demostrar tu superioridad, tu valentía. Supongo que así me di cuenta de que tenías miedo. Yo jamás fingí atrevimiento. Nunca comprendiste nada más allá de ti mismo y quizás fue eso lo que te hizo desaparecer. En ningún momento te dejaste ser. Eso hubiera implicado demasiado compromiso para alguien que solo se responsabilizaba de las copas de ron que tenía que pagarse cada noche. Alguna que otra vez, en un acto de generosidad, también sufragabas el alcohol de ciertas mujeres y observabas cómo estas bebían a tu salud.

De momento, con eso te bastaba. Tú eras el reflejo de ti mismo. Te mirabas al espejo constantemente, y, al llegar a la altura de los ojos, apartabas la mirada como diciendo “ya ha sido suficiente”. Sí, tú eras de esa clase de tipos que luego se convierten en ídolos admirados por niños y mayores. Ese estilo de gente que se transforma en referente de un día para otro y al que todos admiran por su fortaleza y su ausencia de miedo. Ahora me doy cuenta de que todos los que son como tú tienen a alguien que recuerda su viajes en taxi, o sus paradas en el espejo. Es ahora cuando también me gustaría decirte que solo dejarás de ser tu yo fingido cuando esas personas desaparezcan, querido. Hasta entonces, que siga la función…