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Verdades de un peluquero – Por David Sanz

   

La peluquería es uno de esos sitios que se prestan a una cierta intimidad compartida entre los clientes que se encuentran en el establecimiento y el profesional que regenta el negocio. Además es un punto de información vital, tanto es así que estoy convencido de que los periodistas deberíamos cortarnos más el pelo. Durante el tiempo que permaneces allí, las conversaciones surgen sin cortapisa alguna, quizá por la relajación que provoca ese placer de dejarse llevar al que tan poco estamos acostumbrados, aunque sea durante la media hora que dura el corte y los arreglos varios a los que uno se someta. Porque el peluquero recibe a diario una enorme cantidad de información, que va procesando y contrastando, de sus diversas y variadas fuentes que son los clientes, por lo que a última hora de la tarde, que es cuando me gusta ir a mí, ya tiene hecho un mapa de la realidad más o menos articulado. Gente de la ciudad, de los pueblos del norte y del sur, viajantes que vienen a la isla para hacer un negocio y después se van, acaban pasando por sus manos y desparramando sus pensamientos mientras ven cómo van callendo mechones de pelo sobre el delantal. También es cierto que suele tener un enfoque bastante pesimista en sus análisis, muy comprensible en este contexto donde las cosas tampoco están para tirar voladores. Además de que suelen ser autónomos, menuda cruz en este país. Alguna vez ha coincidido el pelado en las fechas cercanas al pago trimestral de impuestos y entonces el mundo pasa de color gris a una oscuridad absoluta. Con todo, esta fotografía sobre la realidad no logra romper la sensación de agrado de que te anden en la cabeza. Ni siquiera tienes ganas de replicar los argumentos y eres capaz de admitir que dos y dos son cinco por no estropear el placer que se siente en la peluquería. En cualquier caso, tampoco hay mucho que refutar por lo general, al menos al peluquero que yo frecuento en La Palma, que suele tener una visión muy acertada de las cosas. Tanto es así que ayer, cuando fui a trasquilarme para el verano, me comentó la mayor verdad que me había dicho hasta entonces: “Amigo, tienes peor cara que el peluquero, que ya es decir. Necesitas unas vacaciones urgentes”. Y yo, que soy obediente, sobre todo si se trata de alguien como él, le voy a hacer caso. Así que me bajo del volcán hasta septiembre. Que sean felices, yo al menos lo intentaré.