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Vicente Carducho – Por Luis Ortega

   

En agosto de 2009 comenzó la restauración de Santa María del Paular y, cinco años después, ya está abierta a las visitas. Parece oportuno mentar los nombres ilustres que dejaron huellas de su genio en el convento de Rascarría, a la sombra de Guadarrama. Destacaron Juan Guas, arquitecto bretón que unificó los tres módulos del complejo y labró el retablo de alabastro; Francisco de Salamanca, autor de las suntuosas rejas y el tallista segoviano Bartolomé Fernández. En el barroco pleno lució un florentino que radicó en la Corte de Felipe II, que había contratado a su hermano mayor, Bartolomé, como decorador de El Escorial. Pintor de cámara de Felipe III, hasta la llegada de Velázquez fue el más influyente de Madrid, con labores para los reales sitios y los templos tutelados por la Corona y autor de los emblemáticos Diálogos de la pintura (1633) en los que reveló su cultura humanística. Pese a la rivalidad de otros miembros de la Escuela Madrileña, mantuvo el nivel de encargos con Felipe IV y dejó una docena de telas, actualmente en el Prado, con temas diversos. Su trabajo capital le llegó de la Orden Cartuja; el prior Juan de Baeza le hizo un encargo que, según parece, había asustado a otros ilustres colegas: Nada menos que cubrir cincuenta y cuatro arcos (de 3,45 x3,15 c/u, casi 11 metros cuadrados) del claustro, con un discurso sobre la vida de San Bruno de Colonia y la fundación, expansión y evolución de la congregación contemplativa. Durante seis años (1626-1632), en su taller de la calle Atocha y con el apoyo de sus alumnos Félix Castello y Bartolomé Román, el maestro resolvió el empeño -más de quinientos metros cuadrados de exigente técnica- por ciento treinta mil reales. Con la Desamortización, las telas fueron arrancadas de las paredes y repartidas por distintos museos; ya en el siglo XXI, al tiempo que se rehabilitaba la fábrica y se recuperaban las sillerías de los coros (trasladados a San Francisco el Grande), también se rescataron los lienzos y tras una laboriosa restauración, volvieron a sus lugares de origen. Sólo faltaron dos pero, para fortuna del patrimonio estatal, se recuperó un programa iconográfico único en Europa y se revitalizó la figura de Carducho, un excelente creador foráneo que tuvo la mala fortuna de coincidir con el ciclo áureo del arte español y competir con las firmas más gloriosos. La hermosa sierra madrileña merece siempre un paseo y El Paular y la serie del culto italiano es uno de los incentivos más poderosos para emprenderlo.