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Adiós a la pintora Marisca Calza – Por Joaquín Castro

   

El pasado mes de agosto se nos fue la pintora Marisca Calza. Últimamente no se la había visto en actos culturales a los que ella solía acudir. Era una mujer animosa. Llenaba los acontecimientos que a ella le gustaban. En su tertulia de su casa de La Rambla se hablaba de todo, de arte y de política. De hecho, solía acudir a la televisión y a la radio a manifestar sus ideas. Era una mujer abierta a sus convicciones, crítica en momentos y, sobre todo, con una dedicación plena a la pintura. Sus caras y los caballos habían sido siempre motivo de admiración. Marisca era una pintora completa por saberes innatos. Nació pintora en su Génova natal y dedicó toda su vida a la plástica, lo que enriquecía su mundo y personalidad. Dominaba el dibujo y el color. Era pintora de matices, de plantearse problemas en todas y cada una de sus obras. Le sacaba el máximo provecho posible a su imaginación que le permitía el nacimiento de cada cuadro. Componía perfectamente, de tal forma que unos pocos elementos le bastaban y era capaz de desarrollar toda una teoría plástica. Dejó constancia de su buen hacer, en la gran exposición de temas del Evangelio en la Catedral de La Laguna, encargo realizado por el entonces obispo Felipe Fernández. Dejó retratos como los que tituló Silenzio, de técnica mixta sobre lienzo, o el Donn Doggi, de témpera sobre papel pintado. Nos dejó una explosión de color en el que ella tituló Cielos de Canarias, y también en una serie de maternidades con mucho sentimiento humano. En su obra mezclaba realidad y fantasía, imaginación y técnica. En su trabajo se unía el afán de libertad expresiva y el respeto por la transcripción fiel de lo objetivo. Se mostraba libre, creadora y también dominadora de los recursos. Los fondos que trataba en sus cuadros a veces eran un puro juego de colores, con manchas que discurren y se convierten en esos mismos fondos creados. Mientras que en otras ocasiones adquirían mayor entidad, más fuerte intensidad, que hacía que la obra adquiriera protagonismo destacado.

Marisca Calza se expresaba a través de rotundidades, tanto cromáticas como formales; distorsionadora pero al tiempo conservadora. Ejecutaba simbiosis en los espacios que le hacía conseguir en todos sus cuadros una visión muy personal. En su pintura era buscadora nata, cambiante, creativa. Avanzaba al galope por las sendas que le marcaba su necesidad de extrovertirse, de sacar todo lo que llevaba dentro. Santa Cruz nunca olvidará a esta genovesa que vivió más de treinta años en nuestra ciudad. Era parte integrante de nuestra cultura. Desde estas líneas, donde quiera que estés, sabrás Marisca que te admiramos, te reconocemos y tu recuerdo siempre estará con nosotros.