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Antonio Cañizares – Por Luis Ortega

   

Sale Rouco, entra Osoro y vuelve Cañizares. Dentro de la parquedad informática, el mensaje de un colega – vaticanista de oficio y gusto- me refrescó un aforismo del maestro Ernesto Salcedo: Las noticias de agosto cuajan y se explican en septiembre. Sabemos ahora que el nuncio Fratini comunicó al arzobispo de Madrid, apenas dos días antes su cese, y el nombre del sucesor que, naturalmente, no figuró entre sus recomendados; que para el sector integrista de la CEE, Carlos Osoro es un hombre culto y sencillo, simpático y caritativo pastor contra los pregoneros del apocalipsis. Matemático y profesor antes que cura, ordenado a los veintiocho años, demostró en sus antiguos destinos en Galicia, Asturias y Valencia que se puede ser a la vez amigo de sus sacerdotes y feligreses, que el diálogo con todos los sectores y agentes sociales es justo y necesario y que, en la pauta del Santo Padre, está intelectual y moralmente cualificado para dirigir la primera diócesis española. A vuela pluma y como resumen de prensa de los últimos días, explico los dos primeros puntos del mensaje; sale Rouco, contrariado con la Santa Sede por la forma de materializar su cese, y con el gobierno central que, por ninguna vía, le anticipó la firma del placet del sustituto que, según parece, tendrá su capelo cardenalicio antes de fin de año. Por último, el “vuelve Cañizares” no es el menor de los disgustos del mitrado gallego; como emérito, observará los nuevos aires que vienen de Roma y “domesticaron” incluso al jefe de la Congregación para el Culto Divino, que renunció a su prefectura y aceptó la jerarquía levantina en cuanto conoció la marcha de quien fuera su aliado – fustigaron sin freno la extensión de derechos a los homosexuales y el aborto de plazos de Zapatero – y acabara luego como implacable adversario. “Vuelvo a España, insertado y enraizado en Valencia, con un gran desafío que no puedo omitir y apremia: la unidad, en primer lugar, en la Iglesia; que seamos y estemos unidos como una piña para evangelizar y recobrar el vigor de una fe vivida. La unidad en un proyecto común en que todos quepamos, todos aportemos, todos recibamos de esa misma unidad sin excluir a nadie, con mano siempre tendida a todos”. Estas primeras declaraciones de Su Eminencia Antonio Cañizares Llovera (1945) revelan su evolución – la imagen de doma es del colega y fino observador del mundo eclesial González Bedoya – y su comprometido encaje en la renovación que el Papa del Fin del Mundo quiere para la católica España.