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Benito Pérez Galdós – Por Luis Ortega

   

Ayer se cumplieron treinta y nueve años de las últimas ejecuciones del franquismo: tres miembros del FRAP y dos etarras fueron fusilados pese a las súplicas de naciones y organismos internacionales incluida la Santa Sede- que levantaron la última y, sin duda, más famosa reacción de protesta contra la dictadura que, salida de la rebelión armada contra la II República, también duró, curiosamente, treinta y nueve años. Ese convulso sábado se inauguró el monumento a Pérez Galdós que, con entusiasmo y largo recorrido, promovió el Hogar Canario-Venezolano y se emplazó en el Paseo de los Ilustres, en la cercanía de la Universidad Central de Caracas. La coincidencia de hechos perjudicó, de manera ostensible, el merecido homenaje al autor que, con Miguel de Cervantes, ocupa la cumbre de la narrativa en lengua castellana y un isleño que, con sólido ideario político, sabía geografía e historia y la contaba con pasión y maestría. El canciller Mario Escobar Salom encabezó la representación venezolana, formada por personalidades culturales como el padre Barnaloa, presidente de la Academia Venezolana y en la española, además de cargos de Exteriores, el director de la RAE, Dámaso Alonso e intelectuales y autoridades isleñas. Un activo grupo de asistentes protestó airadamente “por los asesinatos de estado y perturbó e las intervenciones de los oradores de orden” y reclamó “justicia y democracia en España”. Después, con su flema y humor proverbiales, el crítico Domingo Pérez Minik comentó con el historiador Guillermo Morón y José Ramón Medina, de la Asociación de Escritores, “la mala tarde de don Benito que, además, era un demócrata de firmes convicciones y un republicano de pro”. En la intensidad de aquellos días guardo emotiva memoria de amigos con los que compartí la consternación y el bochorno; el físico Gonzalo Castro, el periodista José Antonio Rial, el productor televisivo Alberto García Crosa, el escultor Juan Jaén, autor del monumento, y el investigador palmero, David W. Fernández, cuyo archivo y biblioteca iberoamericana, por oportuna gestión del presidente Ricardo Melchior, se integraron en el patrimonio documental del Cabildo tinerfeño. En cada viaje posterior comprobé que la afirmación del paisano Ynoldo Díaz -“La historia no tiene marcha atrás y, por lo pronto, don Benito ya está aquí y es también caraqueño”- se cumplió con afortunada exactitud y aún me anima a pensar que los males tienen sus plazos tasados, aunque a la hora de sufrirlos nos flaqueen las fuerzas y la propia fe.