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por qué no me callo >

Los científicos – Por Carmelo Rivero

   

A José Luis Sampedro le preguntó el periodista Jordi Évole, al final de su vida, cuando la ciénaga aún no tenía brotes verdes, quiénes serían los líderes del mañana, dada la caterva de jefecillos y estadistillas en sus cumbres, subidos al trono con los monarcas o sin ellos. Llevan los rebaños por las pendientes degradadas de un sistema que se cae a pedazos, y lo saben. “¡Los científicos!”, postuló el autor de La sonrisa etrusca, y mostró su espigada sonrisa más etrusca que arcaica. Podía haber dado otras alternativas tirando barro a la pared: los músicos, los rapsodas o los fareros, tan poco influenciables. Sampedro y Stéphane Hessel, coetáneos, se amistaron en su mayo patriarcal del 68 proindignando a la pubescencia adormecida como dos indóciles tatarabuelos al borde del agujero negro. Pero dijo los científicos, ni siquiera los economistas como él. El sábado, en un reservado del Auditorio, un Hawking extenuado por las ruinas de la patología, consintió que lo viera comer con sus cuidadores con la guardia baja detrás del telón. Y era un hombre tierno, digno, titánico aún más en lo cotidiano. Acababa de hablar sobre el escenario de los misteriosos agujeros negros, “que no son tan negros como los pintan, por donde podríamos arrojar hasta a los peores enemigos”, bromeó entre risas del respetable. No, no cuesta trabajo imaginar en ese consejo de sabios que rija los destinos del falansterio, aun con 72 años y al borde de su propio agujero negro, a este inglés que viene a la isla a celebrar cincuenta años de supervivencia tras vencer a los diagnósticos. Una isla de la ciencia como Tenerife estos días, a caballo del Starmus y el Campus África, parece el laboratorio de esa idea luminosa.