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El Cristo y otras religiones – Por Juan Hernández Bravo de Laguna

   

Destacábamos hace unos meses que la proclamación de Felipe VI se diferenció de la proclamación de su padre, y de todas las proclamaciones reales anteriores, por su carácter estrictamente laico. Se prescindió de cualquier tipo de símbolo religioso, se eliminó la cruz que se situaba junto a la corona y el cetro en el Congreso de los Diputados, y se omitió toda ceremonia católica posterior, como hubiera sido un Te Deum. Don Juan Carlos juró “por Dios” sobre la Biblia, mientras su hijo se limitó a jurar sin Biblia. Tampoco se celebró la Misa del Espíritu Santo en la iglesia de San Jerónimo El Real de Madrid, que tuvo lugar cinco días después de la proclamación de Juan Carlos I. Todo eso fue sustituido por un acto social en el Palacio Real de Oriente, en el que los nuevos reyes saludaron a las personalidades invitadas por la Corona. En esta línea, tenemos que repetir una vez más que España no es un Estado laico, sino un Estado aconfesional. Los Estados laicos, como son Francia o México, no mantienen relación alguna con las confesiones religiosas, mientras que España mantiene relaciones con las más representativas o numerosas, con una especial consideración a la Iglesia Católica. Esta especial consideración viene obligada por el artículo 16.3 de la Constitución, que establece: “Ninguna confesión tendrá carácter estatal. Los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrán las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia Católica y las demás confesiones”. La católica, en consecuencia, es la única religión citada en la Constitución, y el Estado mantiene relaciones con ella, que se rigen por unos acuerdos específicos firmados en 1976 y 1979, que modificaron el Concordato de 1953.

La cuestión religiosa no parece ser una dimensión relevante en la competencia política y electoral española si nos atenemos a los programas y a las declaraciones habituales de nuestros políticos y nuestros partidos. Sin embargo, siempre está presente en un segundo plano, que se hace patente ante cualquier circunstancia. Un ejemplo reciente fue la repatriación de dos religiosos españoles, uno de ellos infectado con el virus del ébola.

El problema es que, por un lado, un sector de nuestra izquierda está anclado en un anticlericalismo visceral y antidemocrático, y, por otro, el Partido Popular se encuentra aquejado del eterno complejo de la derecha española ante toda crítica que provenga de su izquierda, en particular ante cualquier acusación de clericalismo. Es el eterno complejo clerical de la derecha española.

¿Qué sentido tiene el anticlericalismo de unos y el complejo clerical de otros si tenemos en cuenta la dimensión social de la religión católica en España, que vacía de contenido cualquier debate al respecto? En las semanas veraniegas anteriores hemos tenido ejemplo suficientes, que, por otra parte, no faltan durante todo el año en la totalidad del país, Semana Santa incluida. Por referirnos a las Islas, basta reparar en nuestras romerías populares, siempre en honor de un santo o de una Virgen, con su correspondiente párroco; en las multitudes que acuden a las bajadas y subidas de las diferentes Vírgenes canarias; y en las miles de personas que congrega una festividad como la del día de hoy, el Cristo de La Laguna. ¿Qué decir de los Cristos de Tacoronte o de Telde? Y no digamos de las Vírgenes de Candelaria, del Pino y las demás, cuyas fiestas constituyen auténticos acontecimientos sociales de masas. A todas esas festividades y procesiones acuden nuestros políticos y nuestras autoridades, a veces con altas representaciones del Estado, sin distinción de partidos e ideologías, poniendo de manifiesto, si no una religiosidad personal, al menos una participación activa y pública en un fenómeno básicamente religioso católico y cuyo componente religioso católico es fundamental. ¿No se atreven nuestros políticos a negarse a participar en estos actos por si pierden votos? Y eso sin considerar que la mayoría de nuestros días festivos civiles son días festivos religiosos católicos, como la Navidad, el Día de Reyes o la Inmaculada.

Claro que la moneda tiene otra cara, que ponía de relieve el nuevo rector de Candelaria en una reciente entrevista. Una cara de botellón y juerga, de incivismo y comportamientos antisociales. Además, añadimos nosotros, todas esas manifestaciones de religiosidad popular incorporan evidentes elementos de idolatría y superstición, que, más allá de su condición de meras representaciones, convierten a las imágenes en objetos de culto por sí mismas.

¿Cuántos de los participantes en estas manifestaciones superarían un examen de teología católica elemental? No olvidemos que la inmensa mayoría de los niños que celebran por todo lo alto su primera comunión no vuelven a comulgar ni a ir a misa en toda su vida. Ritos sociales de iniciación se suelen denominar. Las dos caras de la moneda son verdad y con ellas tenemos que contar. Y entonces volvemos al principio. Si las cosas son así, ¿qué sentido tiene el anticlericalismo de unos y el complejo clerical de otros? ¿Qué sentido tuvo ocultar cuidadosamente los componentes religiosos en la proclamación del nuevo rey? Ninguno, pero España es un país de sinsentidos.