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Cuestión de tintas – Por Indra Kishinchand

   

La musa es un tormento agradecido; la oscuridad que ilumina a su antojo. Te relega y te desarma. Su impronta es un resplandor fugaz y apasionado. Musa es conspiración y olvido. Nunca tuvo versos que no fueran escritos por los besos que no había dado. Historias nacidas en andenes de otro tiempo; tras las copas de ron se ahogaba hasta en los miedos de otros. Se miraba al espejo y no reconocía al yo que escribía cada noche. Se leía y no dilucidaba al yo que reflejaban los cristales.

La realidad era lo contrario al amor; siempre había conocido el afecto en noches efímeras y breves encuentros. Jamás había sucedido cuando él quería, y, sin embargo, su inspiración tenía la capacidad de engañarle hasta con(vencerle). Se impuso de tal modo que tiñó de negro sus desconfianzas y recelos.

Admiraba la capacidad de los escritores de convertirse en tantos personajes como estrofas habían trazado; él había sido un incompetente a la hora de compartir sus vocablos con su conciencia y se censuraba en el pensamiento y la razón. A pesar de todo fue capaz de avanzar para deslumbrase ante un futuro que había dejado de pertenecerle. Su inspiración, su musa, su intención y sus reflejos se habían apoderado de sus inquietudes: ahora ya no había remedio ni consuelo.