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La culpa – Por Wladimiro Pareja

   

Definiremos la culpa como aquello que sentimos cuando creemos que hemos perjudicado a alguien y ello supone una cierta incomodidad emocional. Podríamos decir por ello que su función es la de salvaguardar las normas de la moralidad social que tenemos asumidas. Muchas personas que presentan una seria dificultad en decir ‘no’ a las peticiones ajenas, sienten su aguijonazo. Efectivamente, esta emoción va asociada normalmente con el no, porque cuando dice “sí” a las solicitudes ajenas, la persona no siente culpa, pues simplemente realiza y se deja llevar por lo que el otro le pide. El problema surge al negarnos y poner límites. Lo que sugerimos en estos casos es que la persona acepte concientemente las sensaciones de incomodidad que va a provocarle el negarse a cumplir las peticiones del otro (cuando no queramos hacerlo). La primera vez que lo hagamos nos costará, pero a base de repetirlo llegará un momento en el que desaparecerá esta emoción. El aprendizaje consistirá inicialmente en saber qué quiero dar y qué no, y a partir de ahí afirmarnos a nosotros mismos para aguantar esa molesta sensación inicial derivada de negarnos a realizar algo. Un caso diferente es aquel en el que la persona reconoce que se ha equivocado, ya que en éste se precisa rectificación y además, reparación. Para que lo entendamos, un ejemplo sería la rotura de una cañería de agua que provoca humedades en la casa del vecino, ¿bastaría con arreglar únicamente nuestra cañería rota? Parece que no, necesitaríamos además arreglarle las humedades provocadas. Ahora apliquemos este ejemplo a un caso en el que se destapa una infidelidad puntual en la pareja, igualmente habrá que explorar por qué ha pasado, junto con rectificar y reparar el daño provocado. En la culpa la persona busca un castigo acorde a la ofensa, esto es, la persona se ha juzgado a sí misma por algo que ha hecho (u omitido) y la culpa que siente va a estar acorde a su falta: a mayor culpa, mayor castigo. Otra dimensión de la culpa es su fuerza motivante y su influencia sobre nuestra conducta; para que lo entendamos pongamos el ejemplo de aquellas invitaciones a celebraciones de boda no hechas por deseo consciente sino porque si no lo hacemos nos sentimos culpables. Habrá que explorar las partes más perturbadoras de esta emoción en aquellas personas que aún cuando no sea responsabilidad suya se sienten culpables; otros pretenderán culpar al otro por todo e intentar así librarse de su responsabilidad en lo ocurrido, y finalmente los hay que ni se culpan a sí mismos ni al otro, sino que por el contrario hacen responsables a las circunstancias. En todos los casos habrá que centrarse en lo que ha ocurrido para poder asumir las responsabilidades sin caer en la culpa y hacer las modificaciones oportunas. Profundizaremos próximamente en su abordaje.

*PSICÓLOGO
wladimiropareja@gmail.com