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Escocia – Por Leopoldo Fernández

   

Hoy es un día histórico para Escocia. Y lo es porque celebra un referéndum de autodeterminación en el que podrá optar entre seguir formando parte del Reino Unido o declararse Estado independiente, como lo fue hasta 1707 en que firmó el Acta de Unión con Inglaterra para dar origen al Reino de la Gran Bretaña. A éste sigue perteneciendo por propia voluntad, con algunas instituciones distintivas, entre ellas un Parlamento (desde 1998), y leyes propias, así como una serie de competencias singulares en materia educativa y religiosa. Se ha prendido equiparar la situación de Cataluña con la de Escocia, pero no tienen nada que ver. Cataluña, por ejemplo, dispone de competencias que ni por asomo podría desempeñar Escocia, ni siquiera con las promesas del primer ministro británico realizadas esta semana. Escocia ejerció como nación independiente, no así Cataluña que, pese a la falsa historia creada por los nacionalistas radicales, nunca fue jurídicamente un país soberano, sino parte del Reino de Aragón, según acreditan los pactos Concordia de Alcañiz y Compromiso de Caspe. El aventurerismo, por decirlo benévolamente, de Lluís Companys y su proclamación del Estado catalán en octubre de 1934, ya llevó al Principado a una situación límite.

El Gobierno de la República presidido por Lerroux decretó el estado de guerra y envió al Ejército a la Generalitat, donde detuvo al Ejecutivo catalán y al presidente del Parlamento, los envió a un buque convertido en prisión y más tarde a Madrid, donde fueron juzgados y condenados a 30 años de cárcel por rebelión. Las instituciones y el propio Estatuto de Autonomía de Cataluña quedaron en suspenso hasta que la llegada del Frente Popular trajo consigo la amnistía y el restablecimiento de la normalidad. Algunos independentistas radicales parecen haber olvidado las lecciones de la historia y el obligado respeto a la ley, premisa básica de la democracia. El referéndum catalán resulta constitucionalmente inviable en tanto el escocés ha sido pactado y es fruto de la legalidad vigente. Aún así, la preocupación es enorme en la Europa comunitaria -que nació para agrupar estados no para destruirlos o desintegrarlos- por las repercusiones que puede tener la consulta, políticas y económicas principalmente -aunque según las últimas encuestas el no a la independencia parece avanzar con cierta claridad-, y el precedente político que sienta dados los movimientos independentistas existentes en países como España, Italia, Francia y Bélgica. La carga emocional del referéndum, su inevitable incidencia en la vida del país, ya partido en dos, y la incertidumbre económica que suscita en caso de salida de la UE son factores añadidos al apasionante y arriesgado plebiscito de hoy.