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Fe de ratas – Por Jorge Bethencourt

   

La tasa de mentecatos está creciendo de forma geométrica. Y la de enterados de la caja del agua. Y la de impacientes, aduladores, sectarios, ignorantes, linchadores y apocalípticos. Resulta difícil soportar la coexistencia con una sociedad que jalea el producto perecedero y abomina de la reflexión. Una sociedad donde la vida privada ha dejado de tener valor porque se expone, se interpreta, se mutila, se altera o se vende en las redes sociales y los medios de comunicación. Tuve la enorme suerte de pertenecer a una profesión que ayudó a construir los cimientos de esta libertad de expresión que hoy se ha convertido en una charca donde chapotean los más repugnantes ejemplares de ramplonería. Y tengo la desgracia de vivir el ocaso de una profesión que, como la de los políticos, ha terminado por degradarse a sí misma sobre la base de mutilarse en sus atributos intelectuales. Esta es la sociedad del espectáculo donde todo lo que vale se resume a lograr atraer la atención de los habitantes de la ciénaga. En el circo de las mil pistas la sociedad se convierte en audiencia. Y la atención viaja alborozada desde una famosa al borde del suicidio a un torero cornudo, desde un político cazado con las manos en la lata del gofio a un enfebrecido cocainómano que escupe insultos. Lo que no sale en la televisión no tiene la suficiente existencia como para contar. Los árboles que caen en el bosque, sin que nadie los escuche, no hacen ruido. Ante el altar de la fama se postran de rodillas gobiernos y poderosos. Internet se ha convertido en el Ku Kux Klan y cualquiera puede volverse negro de la noche a la mañana para terminar linchado. Ya no vale con pagar para ser ignorado a los alicaídos medios de comunicación de toda la vida. Esta es la libertad. Y este es el caos. Firmado Q.E.P.D. Como dirían en TVE.