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Félix Francisco Casanova – Por Luis Ortega

   

Una clásica y fatídica convención atribuye las muertes tempranas a las decisiones implacables de los dioses que, satisfechos de sus criaturas, se quieren rodear de los mejores. En esa parábola, consuelo y elogio de los jóvenes ausentes, evocamos a un precoz y singular poeta que no llegó a los veinte años y hoy, precisamente, habría cumplido cincuenta y ocho. Hijo de la palmera Concepción Piñero y del médico gomero Félix Casanova de Ayala que, durante sus estudios en Madrid, se integró en el grupo fundador del Postismo que, junto al movimiento catalán Dau al set, asumió las pautas y compromisos de las vanguardias europeas.

Félix Francisco (1956-1976) nació en Santa Cruz de La Palma y residió desde la infancia en la capital tinerfeña; fue un lector voraz de autores selectos y diversos, tanto en cronología como en estilos, entre los que figuró en lugar de privilegio su admirado Conde de Lautréamont (1846-1870), con quien compartió rumbo, estética, misterio y prematuro final; y, además, el simbolista Arthur Rimbaud y el panteísta Walt Whitman; Fernando Pessoa y los surrealistas Paul Eluard, André Breton y Louis Aragón; James Joyce, constructor impar de situaciones y escenarios, el existencialista Albert Camus y Hermann Hesse, entre otros. Estudiante de filología hispánica y líder del grupo de rock Hovno, en 1973, y con El invernadero, obtuvo el Premio Julio Tovar de poesía -el más prestigioso de cuantos se convocaban entonces en Canarias- y, en 1974, el Benito Pérez Armas de novela con El don de Vorace, parodia ingeniosa sobre la inmortalidad, inspirada en El túnel, de Sábato, que lo situó entre los literatos más notables de un islario que se desperezaba del tardofranquismo. Un mes antes de su fallecimiento alcanzó su tercer galardón poético con Una maleta llena de hojas, convocado por el desaparecido diario La Tarde. El celo de su padre, mentor y confidente, garantizó la publicación de una obra amplia e intensa que sumó cinco poemarios (en gran parte recogidos en la antología La memoria olvidada, editada por Hiperión en 1990), relatos breves y el diario Yo hubiera o hubiese amado, escrito durante 1974 e impreso una década después. Personaje y obra impares dentro de la cultura isleña, la vitalidad de su memoria tiene estrecha relación con su apostura física y su carácter cordial que, a casi cuatro décadas de su desaparición, lo representan como un personaje de la épica latina, tocado por la luz de la eterna juventud.