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La final inventada – Por Juan Cabrera

   

Lo reconozco. Todavía estoy en estado de shock. La más grande España de todos los tiempos, la de Gasol, Navarro y compañía, uno de los más grandes conjuntos de la historia FIBA, cayó estrepitosamente contra Francia. Es, con diferencia, el peor partido que le recuerdo a esta brillante generación. Los datos cantan: los chicos de oro anotaron 52 puntos. Hacía más de 40 años que la selección absoluta no acababa con un tanteador tan escaso. Difícil de creer y digerir.

Yo estuve en el Palacio de Deportes Madrid, y tengo que decir que los 15.000 camisas rojas nunca dejamos de animar, a pesar de tener la sensación de íbamos entrando en un túnel muy oscuro o en una pesadilla horripilante. Estoy seguro de que ninguno de los que allí estuvimos y muchos de los que lo vieron por televisión olvidaremos nunca la noche del 10 de septiembre de 2014.

La de noche de Francia se unirá a una lista de momentos estelares, como la final de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles o China (para mí el mejor partido de la selección), o la del Mundial de Japón, pero también de batacazos históricos, como el famoso “angolazo”, que frustó nuestras aspiraciones en los Juegos de Barcelona, o los cuartos de final de la Olimpiada de Atenas, cuando Estados Unidos, en su único partido decente, nos apeó de la carrera por el oro. Pero no quiero hablar mucho del partido y de sus culpables. Para eso seguro que ya hay expertos, entrenadores y federativos gastando neuronas.

Creímos que el Mundial de basket de España iba a ser cosa de dos, como antes nos creímos a pies juntillas que las casas nunca bajarían de precio y que el euro era lo mejor que nos podía pasar en la vida. En las últimas semanas, han sido muy pocos los que no se han dejado llevar por la histeria colectiva y han puesto en entredicho esa interesada previsión que nos emparejaba, sí o sí, con la NBA, y que, además, nos daba como favoritos en ese superpartido de las estrellas que debía cerrar el campeonato.

Se ha hablado hasta la saciedad de lo bueno que era el equipo español, de su poderosísimo juego interior, de sus múltiples recursos tácticos, de la extraordinaria forma que mostraban algunos de sus miembros y de toda la experiencia acumulada por los Gasol y compañía en la liga estadounidense, lo que hacía que sumaran más años en la NBA que los inexpertos, que no imberbes, jugadores de coach K. Muy de pasada nos enteramos en la prensa de los valores del equipo USA. Y, por supuesto, nadie nos contó que pasaba con el resto de equipos de la competición, como si no existieran o sólo vinieran como comparsas o teloneros de esa España mágica de los Gasol y compañía. Los ignoramos con esa suficiencia que muestran los países incultos y desconocedores de lo que se cuece a su alrededor. Con ese desparpajo tan español que nos lleva a menospreciar a los demás sólo por la pereza que nos produce la idea de conocerles.

Analistas y comentaristas que estimo y que leo con asiduidad también entraron en esta simplificación. Incluso lo hicieron algunos entrenadores de postín y también el propio Juan Orenga, el preparador de España, quien, en un esfuerzo por parecer ambicioso, siempre vendió la piel del oso antes de cazarlo.

En todo caso, no es un problema exclusivo del baloncesto. Ni tan siquiera del deporte profesional. Es algo que está más extendido. La necesidad de los periodistas y otros acólitos de tener acceso a entrevistas y a una buena cobertura de los eventos hace que florezca el compadreo y entre todos inflen el globo, a veces deliberadamente, y otras casi sin darse cuenta. En el cine español, lo que es una buena película se acaba convirtiendo en una obra maestra a los ojos del crítico-amigo. Y lo que es malo de verdad, termina siendo un producto digno. ¡Cuántas veces no he salido del cine maldiciendo al crítico de turno!

También es verdad que el conservadurismo de los comentaristas deportivos tampoco es un pecado exclusivamente local. Según me cuenta un amigo, escuchando en la televisión por cable estadounidense los comentarios de McEnroe y Brad Gilbert, uno siempre piensa que sólo Federer y Djokovic tienen opciones de ganar. En el Open de Estados Unidos, nadie dio un duro por el croata Cilic o por el japonés Nishikori, los dos jugadores “de segundo nivel” que se disputaron la final.

Por otro lado, los organizadores de estos eventos, que mueven cifras multimillonarias, disponen de potentes maquinarias de marketing para vendernos humo y entradas, y atrapar nuestro interés si lo vemos por televisión. Hay demasiado dinero en juego, y, al fin y al cabo, es su trabajo. ¿Quién en Brasil se habría interesado por el Mundial de Fútbol si les dicen que su selección iba a ser de las más mediocres del torneo? Ya se encargaron la FIFA y alrededores de hacernos creer que la canarinha jugaría la final y la ganaría, como también aquí nos vendieron que el equipo de Casillas estaría otra vez entre los grandes.

En fin, y volviendo al Mundial de basket, fue un pésimo día para la España de Gasol el de su partido con Francia. Como el “angolazo” del 92, que acabó con la dirección casi eterna de Díaz-Miguel, lo de ayer en el Palacio de Deportes marca un fin de época. Me temo que este Mundial será el de la despedida de dos de los equipos que han dominado con más claridad la escena internacional en los últimos 15 años: la Argentina de Ginobili (aunque el jugador de los Spurs finalmente no vino con su selección) y la España de Gasol, Navarro y compañía.

Por todo lo que nos ha dado la generación de oro, un millón de gracias. Pero ahora toca una travesía del desierto que esperemos no se prolongue demasiado. Mientras tanto, tendremos que abrir los ojos y disfrutar del baloncesto del resto del mundo y del espectáculo de los segundones, y pensar que ningún campeonato lo gana un director de marketing.