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Francisco Brito – Por Luis Ortega

   

Cumplido el medio siglo nos dejó un palmero de raíz, buena planta y viejo estilo, que se ganó una legión de amigos, grandes recuerdos y, sobre todo, la ilusión inmensa del hijo de seis años que colmó sus horas apretadas de afanes y que, cuando entienda cabalmente su ausencia, sentirá orgullo de su padre y hallará consuelo en el gentío que lo acompañó y homenajeó con un gran aplauso al final de un agosto triste. Luchó con denuedo y esperanza contra una grave enfermedad y, pese a que era esperada, la noticia dejó un poso de amargura en la Santa Cruz de La Palma de su nacimiento y andanzas y, también, en la orilla de enfrente donde escribo estas líneas y dos adolescentes, con nostalgia y cariño, retratan al conserje y todero del colegio Gabriel Duque que, desde la enseñanza infantil, los vio crecer.

Francisco Javier Brito Pérez (1964-2014) sirvió con lealtad, eficacia y entusiasmo a sus cometidos laborales y, a la vez, brindó una entusiasta adenda como impulsor y monitor deportivo; cuidó a varias generaciones de isleños en la etapa en la que la protección y el afecto son imprescindibles. Helena y yo tuvimos ocasión y tiempo para agradecerle la generosa tutela que, más allá de los deberes tasados y al igual que con todos los escolares, ejerció sobre nuestros chicos, Luis y Belén; esa circunstancia alivia un poco la pena. Ahora me cuentan profesores y viejos alumnos sus diversos y encomiables servicios al centro, señalado con el nombre del mejor alcalde que conoció la capital; mis hermanos, Manolo y Carmen, familiares y paisanos reconocen el sentimiento de su pérdida en el multitudinario duelo y las innumerables coronas que particulares y grupos remitieron al tramo de la Avenida donde no paran el alisio y los adioses; compañeros de proyectos y rondas evocan su animosa participación en todos los empeños musicales que lo requirieron, junto a su adscripción a la banda municipal, liderazgo en frentes tan diversos como el Trío Mercury, la Agrupación Folclórica Tuhoco y La Retranca, heredera de las orquestinas tradicionales, con las que partimos años en La Investigadora y, también, con la sana mistura de Los Viejos, de Santiago Fernández, y los Divinos del Puente. Hay muchos y bellos motivos para echarte en falta pero yo me quedo con el saludo, al subir o bajar por el barranco tapado, a través de la reja, en el patio donde la Flor de la Marañuela entra al corro, salta y vuela, como tu imagen entrañable y tu voz ronca, Francis, para siempre.