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Fronteras – Por Jorge Bethencourt

   

Canarias no es España. Hay pruebas más que evidentes. No hace falta que el Gobierno encargue un sesudo estudio sobre la sociología insular a unos quesudos intelectuales universitarios de Cataluña. Ni que uno pegue a buscar en el árbol genealógico para encontrarse con que uno de sus antepasados tenía el nombre de un pibe de Añaza. Es más fácil comprarse algo en godilandia y mandarlo a traer. Cualquier persona de Cádiz que, por ejemplo, se compre algo en Barcelona por Internet, lo recibirá en su casa sin ningún problema. No se encontrará en el caso de Canarias, donde muchas de las empresas que venden en la Red añaden una nota a pie de página indicando que no se realizan envíos a las Islas. El problema es que las aduanas de Canarias son como un damero maldito. Un sudoku que no entiende ni la madre que las parió. Un lugar donde cualquier mercancía puede quedarse en el limbo durante semanas y semanas sin que nadie haga ni puñetero caso a la desesperada persona que la está esperando. Los comerciantes de nuestras islas pueden escribir la biblia en pasta de las cosas de las aduanas canarias de puertos y aeropuertos. Pero se callan como discretas señoritas de compañía, porque saben que si asoman el pico alguien se las tendrá guardada y terminarán pagándolo en un futuro no muy lejano.

No hay suficiente personal, las competencias de unas agencias se superponen con las de otras… No sé cuáles serán las razones, pero los canarios no somos ciudadanos españoles comercialmente hablando. Si alguien les dice que es porque somos un territorio fiscal diferente (que aquí los productos son más baratos), háganme el favor de descojonarse en su cara. El nivel de vida en Canarias es similar al de las capitales más caras de la Península. La cesta de la compra está entre las cinco más caras del estado. Y les reto a que, cuando viajen, miren los precios cualquier artículo, para que comprueben que eso de que Canarias es más barata es una milonga que ya no se cree sino el que no haya salido de aquí. Que cada vez son menos, por lo que la mentira se va cayendo poco a poco por su propio peso. Y además… si aquí las cosas son más baratas, ¿para qué carajo paran nuestras compras en la aduana?